Por el camino pasaron unos monjes; unos con otros murmuraban de asuntos mundanos.
El juglar entonó una canción religiosa, toda caridad, toda amor divino, toda fe y esperanza.
Los monjes miraban al cielo.
—Ven con nosotros—dijeron al juglar,—serás gloria de nuestra orden y de nuestra casa.
—No—dijo el juglar,—hoy no; mañana volvería á dudar. En vez de ejemplo tal vez fuera escándalo...
Los monjes siguieron rezando y el juglar quedó solo.
Y así pasaron trabajadores y jóvenes enamorados y cortejos de boda y cortejos de duelo, y para todos tuvo el juglar canción adecuada y en todo dejó la música de sus canciones y todos le dijeron:
—Ven con nosotros, trabaja, ama, ríe, llora.
Y él á todos dejó proseguir su camino y él siempre siguió solo...
—No me pidáis que vaya con vosotros. Despreciadme ó amadme, pero respetad mi libre canción, que solo sabe sentir y comprender vuestros afanes, vuestros amores, vuestras alegrías y vuestras tristezas...