¿No es la Venus de Milo la expresión más sublime del Arte, no tanto por ser bella y por ser diosa, como por no tener brazos?

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Los obreros inauguran su palacio, señal de poderío y de riquezas. Ahora que el elogio pudiera parecer adulación, lo mejor que podemos desear es que en ese palacio no entre nunca la lisonja cortesana, como en los palacios de los reyes y los grandes señores; que por todas sus puertas y ventanas llegue á todas horas la verdad, que esclarece el pasado y muestra el porvenir como un camino seguro. ¡Y el porvenir!... Las sombras son muchas. Acaso será como asegura Anatole France, en su «Isla de los pingüinos», el anarquismo; acaso, después—como tras la revolución francesa la reacción del Imperio,—será un socialismo despótico, una absorción del individuo por el Estado, absoluta y tiránica, pero después... será el verdadero socialismo, el socialismo individualista, en el que nadie hablará de derechos, porque todos comprenderán sus deberes; porque el bienestar de cada uno dependerá del bienestar de todos y será el reino de Dios sobre la tierra; Dios, hijo del hombre, el hombre mismo divinizado... ¿Cuando? No mañana, ni al otro siglo, ni al otro... Muchos, muchos siglos, muchas vidas... ¿qué importa? Será, y... ¿si no fuera? Basta creerlo. ¿No es la mejor verdad la más bella mentira?

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Todo está compensado en el mundo: Carreras vuelve al teatro de Apolo y el señor obispo de Jaca se ausenta del Senado. No se juzgue la comparación irreverente. Amenizar la vida es, según va el mundo de triste, obra meritoria, ya sea en el teatro, ya en sesiones de Cortes. ¿No fué siempre la risa el mejor vehículo de las verdades? La risa es la gran demoledora. Cuando se ríe de un asunto... asunto terminado. Por algo todos preferimos dar que llorar á dar que reir. Que se nos tome en serio ante todo. Perdonaremos la injuria, la calumnia, por monstruosas que sean. Ya es suponernos grandeza si nos juzgan capaces de grandes crímenes. Pero no perdonaremos nunca el ridículo. Llegaremos á reconciliarnos con el que nos llamó ladrones ó asesinos, nunca sinceramente con el que se permitió observar que nuestras corbatas eran de mal gusto.

Los oradores que cultivan la nota jocosa son siempre temibles para las huestes políticas. La risa es rebelde á toda disciplina. Puede resistirse impávido las más tremendas imprecaciones, pero la hilaridad general...

Lamentemos la decisión del señor obispo de Jaca. ¿Cuándo volverá á reir el Senado? Y es que ya sólo las palabras sinceras tienen la virtud de hacernos reir; por lo raras y por lo inútiles.—Es verdad, es verdad; decimos todos... Y como es verdad, nos reímos mucho.

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¿Si estaremos desengañados de todo los españoles que, lo que nunca ha sucedido, á estas fechas todavía quedan billetes de Navidad en las loterías? Es la bancarrota de la ilusión, mas triste que la bancarrota de la ciencia, de que nos habló Brunetière.