Poco á poco nos vamos haciendo trabajadores y formalitos. Verdad es que los grandes capitalistas tienen otras loterías en que emplear su dinero. Todos los billetes premiados. Caseros, arquitectos, maestros de obras, con la Gran Vía; autores dramáticos y actores, con la fundación del Teatro Nacional. ¡Esto es Jauja! ¿Quién quiere morirse? Sólo algún adorador sin esperanzas de alguna tiple. La verdad es que, cuando todo está tan caro, el amor inclusive, no debía permitirse la exhibición de carne pecadora en esas especies de tablajerías que han llegado á ser algunos escenarios. Es una crueldad ofrecer de continuo aperitivos á los que no han de saciar después su apetito. No se puede jugar con ninguna clase de hambre. Los escaparates de todo género son grandes desmoralizadores. Á mí me da tanta pena ver á un golfo hambriento extasiado ante el escaparate de Lhardy, como á una obrerilla ante el de una joyería, como á un estudiante ó humilde empleado en su delantera de anfiteatro, congestionado por un garrotín ó unas coplillas bien salpimentadas...

Estoy seguro de que la última visión de casi todos los suicidas es la de algún escaparate deslumbrador, con sus luces eléctricas, brillantes en la sombra devoradora de la eternidad, como la esperanza de un Paraíso entreabierto.

* * *

De la Argentina, y escrita por un argentino, llega una historia de la vieja España, triste y consoladora al mismo tiempo. Lo segundo, por que su autor, Enrique Larreta, muestra en su obra—«La gloria de Don Ramiro»—un profundo y cuidadoso estudio de nuestra historia, y sabido es que comprender es amar. Lo primero porque las páginas de esa nuestra historia no son todo luz y alegría, aunque sean grandeza. «Una vida en tiempos de Felipe II», subtitula su autor á esta novela interesantísima para nosotros, como lo es siempre el concepto que merecemos á los extraños, y si el extraño es persona de quien nos importa mucho la simpatía, con mayor causa.

Evita el autor, con excelente criterio artístico, los juicios personales. La historia, mas ó menos novelesca, habla por sí sola, y habla de pasiones violentas, de austeridad, de misticismos y de fanatismos, de torpezas políticas y de heroísmos guerreros... Tal vez no fué todo así, ni tan heroico, ni tan torpe, ni tan cruel, ni tan místico... La distancia, en el tiempo y en el espacio, acusa con mayor relieve los contrastes de luz y de sombra, que de cerca parecen mas fundidos, apenas perceptibles, en ese claro obscuro de los hechos cercanos, que, por serlo, nos parecen siempre menos heroicos, menos poéticos, más insignificantes... Pero ¿somos otra cosa que lo que parecemos? Si la verdad de nuestra historia ha de perderse entre leyendas, ¿no es preferible que sea entre leyendas de poesía que entre falsedades del vulgo?

Enrique Larreta es un historiador poeta; es además un excelente escritor, de un estilo cuya severidad no excluye lo pintoresco, y sobre todo hay en su obra palpitaciones de admiración y de amor á nuestra España... á pesar de todo. Y esa es nuestra gloria, como fué la gloria de Don Ramiro la flor que una mujer enamorada dejó caer sobre su cuerpo muerto, en que un alma española alentó en vida, con todo lo que fué vida de España en aquel tiempo.

* * *

Yo no sé si la intención del autor puso el simbolismo. Propiedad de toda obra fuerte es tener vida propia y decirnos más de lo que su autor quiso decir en ella.

En el Pedro Minio, de la admirable comedia de Galdós, yo veo un símbolo de nuestra España. Como Pedro Minio, el viejo paisano de Don Quijote—¡oh, la Mancha, tierra de ensueños!—el eterno enamorador, el eterno idealista, mal comerciante y peor trabajador; así España, envejecida, derrotada, aun quiere vivir alegre en la ilusión de su juventud, aun se embriaga de optimismo, y ante cualquier ofrecimiento, piensa, proyecta como Pedro Minio, edificaciones, pabellones, mejoras... El ideal apto de la indulgencia ofrece á los viejos la ilusión de la vida integral y en ella prolongan dichosos su ruinoso existir. Pero llegan los severos reformadores, los graves moralistas y á la ilusión y al alegre ensueño quieren sustituirlos con la disciplina monástica, con la austeridad penitenciaria; la alegría les parece indecorosa; nada de esparcimientos, nada de deshonestas promiscuidades de hombres y mujeres; acabó el reir y el bromear:—Sólo hablará usted con los frailes y de los temas que ellos propongan, dice la señora improvisada—símbolo de nuestra plutocracia—al viejo soñador, Pedro Minio. ¿No es esto lo que nos dicen á todas horas los que pretenden ser nuestros directores? Pedro Minio, como buen español, prefiere continuar en el ideal y alegre asilo de la Indulgencia, donde la ruinosa vejez goza las ilusiones de la juventud.