Y si sólo á la salud física atendemos, ya no soy yo, es la estadística implacable la que acusa á los padres españoles. Y nos quejamos de Madrid, pero ¡cuando ve uno de cerca pueblos y aldeas!... Diga mi amable, aunque airada comunicante, que, al juzgar por sí misma, pretende igualar á todas las madres españolas: ¿no vió nunca en apreturas y bullangas callejeras, en teatros y hasta en tendido de sol en los toros mujeres con niños de muy corta edad, de pecho, en los brazos, y no sintió indignación muy justificada? ¿Es por exceso de cariño, es por lo que puedan gozar los angelitos á esa edad con el espectáculo? ¿Que son pobres mujeres sin ilustración? No siempre; que también en la clase media y en las más elevadas se cometen á diario, como esos conatos de infanticidio, que alguna vez llega á consumación y entonces es el acudir á los santos, porque al médico también suele acudirse tarde.

De la educación en su parte moral no hablemos, y vuelvo á recomendar el supradicho libro; pero ¿quién no ha presenciado, aun en familias muy distinguidas, discusiones violentas entre marido y mujer, en presencia de los hijos? ¿Quién no conoce padres de esos que tienen por sistema desautorizarse mutuamente ante los hijos, por ridícula competencia de cariño y basta que el uno reprenda para que el otro disculpe y viceversa; de modo que los hijos, dueños de la situación, acaban por provocar á cada paso estas disidencias paternales, sabiendo que al cabo siempre han de resultar gananciosos?

De otros muchos errores y torpezas, no menos graves por ser hijas del cariño, todos podemos catalogar por observación personal, un buen número.

No vale, pues, ofenderse, señora mía. Los ejemplos hay que buscarlos en singular; las razones en plural. Yo sé de algunos admirables ejemplos de padres y de madres; pero tengo muchas razones para hablar como he hablado de las madres y de los padres. Por algo soy hijo de quien mereció el nombre de «Médico de los niños», y más que contra las enfermedades tuvo que luchar en su vida profesional con la ignorancia de muchas madres y de muchos padres. Recuerdo haberle oído decir á una madre que no sabía cómo expresar su agradecimiento, por creer que le había salvado la vida de su hijo, enfermo de difteria, entonces de más complicada y difícil curación que ahora.—No tiene usted que agradecerme nada. Su hijo se ha salvado por bien educado. No he visto niño más dócil para dejarse curar.

Ya ven los padres cuánto importa una buena educación, hasta para las enfermedades de sus hijos.

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Algernon Carlos Swinburne era, con Jorge Meredith, el único gran poeta inglés viviente; últimos los dos de aquella serie de grandes poetas ingleses del siglo XIX, que empezó con Byron, Wordsworth, Shelley y Keats, para continuar con Tennyson, Browning, Rossetti, Morris y el que, aunque menor, no menos «Thoug the last not least», como Cordelia; entre todos pudo brillar y con los mayores competir.

Sus principios poéticos, de una escabrosidad que la Inglaterra oficial no pudo perdonarle nunca, impidieron que, á la muerte de Tennyson—que tan bien supo guardar todas las formas poéticas y sociales,—fuera Swinburne nombrado poeta de cámara; que no otra cosa viene á ser el título de «laureado poeta», concedido en Inglaterra.

Como Shelley, como Byron, ¡qué ingleses en esto! pretendió ser un revolucionario social, sin conseguir ser más que un admirable poeta. Nunca el verso inglés, tan perfecto desde sus orígenes, con Spencer, con Shakespeare, con Milton, alcanzó la fluidez, la variedad, la armonía de las estrofas de Swinburne, de imposible traducción á otro idioma. ¿Cómo ni á qué lenguaje se traduce una sonata, una sinfonía de Beethoven?

Fué el cantor de los mares y lo fué también de los niños, y al morir, si no el aura popular de los contemporáneos, pudo sentir sobre su frente el viento de los mares; el viento que él supo cantar y de quien él dijo cómo sentía: