Anatole France irá, de seguro, muy poseído de su superioridad, que es la superioridad francesa; más dispuesto á ser admirado que á admirarse; irá con la misma displicencia que los grandes actores franceses en sus «tournées» por América, que suelen presentarse con lo más ramplón de su repertorio y de su equipaje; muy convencidos de que les basta con su nombre de París, para ser aplaudidos. Á esto se debe algunos fracasos muy sonados y el que hoy sean preferidas las compañías españolas é italianas.
Yo deseo un viaje triunfal á Blasco Ibáñez, y desde ahora me atrevo á pronosticar que lo será seguramente; sin desconocer que para Anatole France serán los mayores éxtasis de los exquisitos. Lo mejor que pueden desear los argentinos es que el sutil ironista francés quede tan satisfecho de su viaje, que pretenda volver por allá, más tarde ó más temprano; porque si no entra en sus planes el volver... ¡ya pueden prepararse para leer lo que escriba de ellos á su regreso! De menos hizo Dios á Juana de Arco.
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Á la distinguida señora que me escribe, indignada por algunas apreciaciones mías referentes á los padres españoles, recomiendo para mi disculpa y su consuelo, la lectura de un libro recientemente publicado en Francia: «La educación en la familia», por Thomas.
Dice el autor: «Al tratar de la educación, y en particular de la educación de los hijos en la familia burguesa, procuramos destacar los pecados de los padres, persuadidos de que de ellos proviene la mayor parte de los males que afligen á la sociedad. La tarea es ingrata, porque pocas veces agradecemos las censuras.
¡Cuánto más agradable sería exaltar los méritos del padre y el de la madre; disculpar sus errores y sus preocupaciones y cultivar con engaños discretos sus ilusiones! Tarea ingrata por su misma vulgaridad. ¿No se ha dicho ya todo sobre este asunto y no llegamos demasiado tarde? Todo se ha dicho, pero ya que parece que no se ha oído, ¿haremos mal en decirlo otra vez? Es conveniente, dijo Voltaire, despertar á menudo la conciencia de las modistas y la de los reyes con una moral que puede causarles impresión. Lo mismo puede decirse de la conciencia de los padres.»
Como vé mi ofendida comunicante, también en Francia hay padres descuidados, y lo mismo podría decirse de todo el mundo, y si el autor francés particulariza, como yo, por mi parte, es porque, además de que cada uno habla de la feria según le va en ella, es natural que cada uno hable de la feria que mejor conoce.
No es que yo no haya conocido excelentes y admirables madres é inteligentísimos padres. Tal vez por haber conocido lo mejor, soy más exigente con lo mediano y con lo malo.