¡Triste Rocinante, triste rucio de Sancho Panza, que vais tardos y fatigosos por áridas llanuras, no hemos de trocaros por el caballo de Brunilda, que galopó sobre nubes y en carrera loca fué conducido al fuego, para que sobre la muerte del héroe y el perecer de los dioses, triunfara el amor ideal de dos almas heroicas!

¡Qué impropiamente llamado «Marcha fúnebre» el mas sublime pasaje musical y dramático del Ocaso! Marcha al combate, al triunfo, á la inmortalidad, debiera llamarse.

Hay en la música de Wagner más filosofía que en todos los filósofos alemanes. La que despierta en lo más íntimo y en lo más hondo de nuestro espíritu el sentimiento de inmortalidad.

La Vida es un enigma, el Arte es su revelación. ¿Nos dice la verdad? No. ¿Para qué? Nos hace olvidarla.


VII

La coincidencia en el arribo á Buenos Aires de dos gloriosos escritores, de tan opuesto carácter y tendencias, como Anatole France y Blasco Ibáñez, es comidilla en círculos literarios, donde se discute en pro y en contra del efecto que cada uno podrá lograr con sus anunciadas conferencias.

Cuentan, los mantenedores por el gallo francés, con el «snobismo» porteño, tan afecto á cuanto proceda de París, sean figurines de modisto, sean figurines de literatura. Confiamos, los que ponemos por el nuestro, fuera de méritos, que no es ocasión de parangonar, con la indudable supremacía que la literatura española va logrando en aquellas tierras, lenta, pero seguramente con el mayor entusiasmo que aportará nuestro Blasco Ibáñez, y el mayor conocimiento del terreno que pisa, con el espíritu español, más efusivo que el francés para entregarse al extranjero; no digamos á lo que nosotros no podemos llamar extranjero, por ser tan nuestro, hasta en eso de haberse entregado al francés incautamente.