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¿Qué nos dirán ahora para justificar su desdén por el público, los inmaculados castellanos de las marfileñas torres? ¿Es inútil pretender llegar á la multitud, como ellos aseguran? ¿Solo ignorancia y grosería encontraremos en ella? El público madrileño respondió el domingo pasado y en noches sucesivas, como acaso no esperaban muchos, á cuantos quieren disculpar su vagancia ó su impotencia con la falta de sentido artístico en el público.

Con ser todo admirable—pasemos por alto deficiencias en la interpretación y presentación de la obra,—lo más admirable, sin duda, lo mejor de la gloriosa jornada, fué la actitud del público; este admirable público madrileño, tan calumniado, pero de un instinto artístico tan seguro, que, al contrario que en otros países, antes que en la crítica sabia, hallan en el sostén y aliento los luchadores sinceros por nuevas formas de Arte.

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Y, en el triunfo del genio, ¿será justo olvidar á su compañera inseparable la locura—según los modernos, algo ya anticuados antropólogos,—personificada en el caso de Wagner, por aquel rey Luis de Baviera; Nerón de poquito, Nerón todo dulzura, solo tirano en el Imperio del Arte?

¿Hubiera triunfado el genio sin el loco? ¡Gran asunto para nueva trilogía! El emperador Guillermo, el rey Luis de Baviera y Wagner. La fuerza, la locura y el genio, unidos para gloria del imperio grande y fuerte.

La crítica histórica minuciosa distribuirá razonablemente alabanzas y censuras. Todas éstas para el noble rey loco. ¿Qué importa? Él también fué necesario para la grande obra, y en la universal armonía, el fuerte y el genio llaman hermano al loco.

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Después de una representación del «Ocaso de los Dioses», pensaba yo, cómo yerran los sintetizadores rotundos que para mayor comodidad, clasifican á todo pueblo del Norte, como razonador y positivista, y á todo pueblo meridional como idealista y soñador. Y he aquí, cómo en el arte germánico, perduran los mitos heroicos y legendarios, y cómo entre nosotros, apenas si concedemos un modesto lugar en la tradición; muy desposeída de leyendas, á nuestros héroes. ¡Nosotros sí que sabemos del Ocaso de los Dioses! Aquel gran socarrón de Cervantes fué el gran enterrador de España. Verdad es que el entierro fué suntuoso, con gran asistencia de monjas y frailes. No se puede morir más devotamente. Toda la herencia se nos fué en fundaciones piadosas. Esperémoslo todo de la desesperación de los desheredados. Cuando falte toda esperanza, la desesperación puede ser también madre del heroísmo.