Mezquina concepción de la divinidad es considerarla como á maestro de párvulos, distribuyendo vales de buen comportamiento para un premio futuro; pero, ante el rudo corte de una noble vida, toda honrado trabajo y fecunda lucha, que no pudo hallar aquí justa recompensa, ¿no hemos de pensar en una satisfacción suprema, en una gloria sobrehumana de luz y de armonía?
¡Ah, los que juzgáis escepticismo la ironía, no sabéis cómo el irónico guarda la sinceridad de su sentimiento para cuando es bien emplearlo, más entero cuanto menos gastado!
Porque sabe de la verdadera bondad, burla de apariencias virtuosas; porque sabe del esfuerzo y de los sacrificios que impone el verdadero arte, burla de esos simuladores, bien hallados con la fácil «gloriola», más contentos con aparentar que con ser. Esos que pueden reposar satisfechos al decir: Hemos llegado; cuando llegaron á una posición oficial, obtenida á fuerza de intrigas y de concesiones.
Pero ante un nombre como el de Chapí, ante una vida de trabajo digno, en que todo se debe al propio esfuerzo, la admiración es culto y el respeto obliga al ejemplo... Y el cronista llora con limpio llanto, porque nunca lloró con llanto inútil por farsantes ni por malvados.
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Sobremesa es esta de espiritual convite, de mística comunión, como en la última Cena de Cristo, como en torno al Santo Grial, la de sus caballeros guardadores, los hermanos de Percival y de Lohengrín.
Sobre la vulgaridad cotidiana de nuestra vida, resplandeció la gloria del Arte y sus alas de luz nos elevaron, aliviados de toda terrenal pesadumbre, y la caricia de lo sublime estremeció nuestras almas transfiguradas por el divino milagro del Arte.
Y cuanto hay de divino en nosotros nos habló de inmortalidad. ¿No es esta la verdadera, la única moralidad que debemos pedir al Arte?
Después de oir «El Ocaso de los Dioses», yo no creo sinceros los aplausos; esa vulgar aclamación no es digna de tanta grandeza. Nadie palmotea ante el mar, nadie palmotea ante las tempestades, nadie ante la serenidad armoniosa del cielo en una noche de verano. El espíritu se recoge como en oración, y un silencio solemne de llanto contenido, el llanto bueno que purifica como fuego sagrado, es la mejor acción de gracias de nuestras almas.
El único aplauso digno sería caer de rodillas, prosternados como ante la elevación eucarística.