¡Jóvenes admiradores del fin prematuro de «Fígaro», no pretendáis volar tan alto por el aire, que olvidéis deberes de la tierra! El también os lo hubiera dicho si hubiera vuelto de su volar altivo.

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El Teatro en España, interesante libro publicado por Francos Rodríguez, á mas de muy atinados juicios sobre muchas de las obras estrenadas en el año de 1908, contiene una parte de estadística, reveladora de la desproporción alarmante entre la cantidad y la calidad en el producto dramático. Asusta lo que devora el público en un año, y no será de extrañar que, por no exponerse á morir de empacho, prefiera ponerse á dieta rigurosa, de más rigurosa repercusión en estómagos de autores y comediantes.

Á bien que el público toma el prudente partido de no interesarse por nada y ha delegado su misión de juzgador en manos de la «claque» y de los amigos del autor, pródigos en aplausos que ya nada significan ni á nada comprometen, ni siquiera á que la obra permanezca en el cartel los tres días de reglamento. Se ha conseguido con esto, que ya no haya más opinión valedera que la de la taquilla, y que los empresarios después del buen éxito, más ruidoso, en vez de regocijarse, digan desconfiados: Mañana veremos... Y lo que ven mañana es... tres pesetas.

No ha de pedirse á la crítica mayor severidad que al público, y si éste adoptó por sistema el muy cómodo de «Dejad hacer, dejar pasar», ¿qué ha de decir la crítica? Por mí que hagan, y por mí que pasen. La indiferencia, tal vez cruel del público, es en la crítica más compasiva. Aquella obra es acaso el pan de una familia ó la felicidad de un ilusionado, ó la satisfacción vanidosa de un majadero. ¿Para qué privarles de esos goces materiales ó espirituales? ¿No es injusticia toda justicia innecesaria? ¿Pesan más los agravios al arte que la miseria ó la pena de un autor desdichado?

Como decía aquella dama, dadivosa de suyo, para justificar sus prodigalidades: ¡Á una le cuesta tan poco, y ellos se quedan tan contentos!...

Es hoy el teatro rama de la Beneficencia. Y no está mal así; que es tan dura la vida, que en nada puede emplearse mejor todo templo, sea artístico ó religioso, que en asilo benéfico del dolor y de la miseria. El Arte como la Divinidad es bondadoso, y sonríe sin ofenderse al que llega en nombre del Arte á pedir á su puerta una limosna, ya de pan, ya de aplauso.

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Tan poco acostumbrada está la Gloria á coronar en vida frentes españolas y tan hecha á no llegarse á las más excelsas, si no es traída por mano de la muerte, que, cuando por no poder menos, la hora gloriosa llega en vida, no es de extrañar que la muerte crea también su hora llegada y sólo por ver al luchador triunfante, con razón crea que ya le pertenece.

Era, para el músico insigne, un descanso en la lucha incesante, era el triunfo, concedido por los más rehacios en otorgar honores de vencedor á quien todavía pelea en pie con denuedo; era la gloria: pero era gloria española... ¡Tenía que ser la muerte!