VI

Paréceme que, en la admiración de nuestros jóvenes por Larra, entra por mucho el atractivo de su fin prematuro. Hay quien juzga que fué mejor así; pues acaso la vida, con su roce desgastador de energías y suavizador de asperezas hubiera subyugado altiveces en el rebelde espíritu de «Fígaro», y una vez más hubiéramos asistido á la abdicación de una inteligencia vencida por algún interés.

¿Qué importaba? ¡Hubiera sido tan interesante! De un alto entendimiento es tan admirable la sumisión como la rebeldía. ¿No fué admirable la aparente conformidad de un Campoamor, de un Valera, por todo lo establecido? Y después, cuando la aparente sumisión, efectiva para el vulgo oficial, nos ha dado autoridad y respeto, ¿no podremos con mayor eficacia volver á decir la verdad, á los que antes no quisieron oirla?

«Fígaro» sometido, acaso nos hubiera dicho algo más profundo que «Fígaro» rebelde. Sobre la verdad de nuestra vida, que él creyó afirmar dándose muerte, está la verdad de la vida; sobre la que, acaso, podemos triunfar cuando más abdicamos de nuestra voluntad.

Cuando hemos renunciado á nuestra dicha y nos contentamos con ver dichosos á los que nos rodean, es quizás cuando empezamos á serlo.

¡Qué inaccesible ideal si pensamos al escribir una obra en la gloria sin término! ¡Qué fácil, si pensamos en comprar con su producto inmediato el juguete que alegre á un niño querido! ¡Vender la gloria remota por sonrisas cercanas! Si la gloria tiene algún camino, ¿no es el amor quien por él ha de llevarnos?

Poner muy alto y muy lejos el ideal, tal vez es airoso pretexto para la caída al alcanzarle. Acerquémonos, aunque se empequeñezcan nuestros ideales.

Fingió la fábula que el águila volaba por llegar al sol, y en realidad sólo vuela por traer alimento á su nido. Y por eso no es menos arrogante su vuelo.