Y no haya ofensa para las madres y los padres españoles. ¿Cómo suponerlos menos amantes de sus hijos que en otros países? Los aman con ceguedad; pero ¡ay! con ceguedad de ignorancia, que es la peor de las ceguedades.
Dos tristes suertes hay en el mundo; verse pájaro en manos de niño; verse niño en manos de padres españoles.
Dijérase que la fe cristiana, en la seguridad de verlos al morir niños, trasplántalos ángeles al cielo; ó las inseguridades de nuestro vivir nacional azaroso, consuelan y hasta estimulan á los padres en la temprana muerte de sus hijos.
No es que no los amemos mucho; es que amamos tan poco la vida, que acaso el haberlos traído á ella nos pesa como un remordimiento, de que sólo su muerte prematura puede aliviarnos...—¡Para él ha sido un bien!... ¡Angelitos al cielo!—¡Se ha quitado de penas!—¡Quién sabe lo que hubiera tenido que pasar en este mundo!—Hay en todas estas frases vulgares, al morir un niño, una resignación que, siendo amor, más parece feroz egoísmo.
Y es el espíritu español, seco para el niño, y esta sequedad se refleja en nuestro arte, apenas esclarecido por gracias infantiles, en los cuadros de Murillo y en alguna imagen del Niño Jesús del escultor murciano Salcillo.
No hay en España una literatura, un arte para los niños. Nos preocupamos poco de higienizar ni de alegrar su vida.—¿Hay mejor higiene que la alegría?—Aun los niños ricos son aquí más desgraciados que los niños pobres de otros países.
La Exposición puede ser una buena obra, si á ella acuden con la mejor voluntad todos los que, sin haber perdido la fe en otra vida con su cielo saben que ya es bastante antesala para esperarla ésta nuestra tierra, tal como ella será siempre, por mucho que procuremos mejorarla entre todos, y no hay necesidad de hacer de ella un infierno, único lugar que no admite mejora; porque nada puede mejorarse en lugar donde no se ama, que es también lugar donde no se trabaja.