Por ejemplo; del proceso y prisión del príncipe D. Carlos, tan diversamente comentado por historiadores y poetas, yo creo... Pero seamos pudorosos. Si yo dijera lo que creo, se escandalizarían ustedes como de una novela de Felipe Trigo.


XVI

Nuestro previsor y paternal gobierno, en vista de que el verano se presenta aburrido, y acaso la banda municipal, no por falta de méritos, sino por falta de lugares acomodados en que lucirlos, no baste á la amenidad de nuestra vida, ha resuelto sustituir el acreditado crimen misterioso de todos los veranos con algo tan interesante por lo menos: la guerra misteriosa. Ella será el acertijo, la inquietud y el interés de todos: ¿Iremos á Marruecos? ¿Vamos? ¿No vamos? ¿Tenemos que hacer allí? ¿No tenemos que hacer allí nada?

Nuestros mejores talentos geográficos, diplomáticos, sociológicos, financieros, los que conocen el imperio vecino como su propia casa y los que pasaron cuatro días en Tánger en aventuras exóticas á lo Loti, hartándose de judías, que ellos toman por moras, y figurándose correr mil peligros en la conquista de alguna noble favorita de moro rico, que luego resulta ser una bella Fátima de Marsella y su dueño y celoso señor un apache con turbante y babuchas; todos ellos pueden hacer gala en artículos periodísticos y conversaciones de playa ó Casino de sus profundos conocimientos, y volveremos á oir aquello de: «El país no quiere aventuras», ó «No debemos renunciar al importante papel que, por nuestra historia y nuestro porvenir, estamos llamados á representar en Marruecos». Y habrá planos trazados en las arenosas playas ó en los tableros de mármol de los cafés, y habrá estadísticas comerciales abrumadoras. Nuestro comercio de exportación, nuestra industria... Y unos gritarán: «¡Guerra, guerra!», y otros clamarán que la guerra sería el fin de España, ese fin anunciado tantas veces y que, por fortuna, no llegará nunca; porque España es tan dura de pelar como el imperio de Marruecos, amenazado siempre también de aniquilamiento y ruina. ¡Nadie puede calcular la fuerza de los débiles! Ni nadie en mejores condiciones que ellos para atreverse á todo. Si algo debe hacernos dudar en acometer la aventura, es esa consideración: Por poco que tengamos que perder nosotros, aún tienen menos que perder ellos, y esa ventaja es inapreciable para toda clase de luchas. Las guerras y los negocios, sin dinero; es el único modo de no perder nunca. Yo creo que si algo nos estorba en España para volver á recobrar nuestro prestigio en el mundo, no es nuestra pobreza, sino los cuatro cuartos que tenemos. El día que nos decidamos á tirarlos por la ventana, empezaremos á ser alguien.

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El señor ministro de la Gobernación piensa en enérgicas medidas para evitar que en lo sucesivo registre la crónica tauromáquica jornadas tan desastrosas como la última de las cinco cogidas. ¡Cinco en un solo día! Es demasiado. ¡Y en distintas plazas! Para que no puedan disfrutar de todas ellas los mismos espectadores... Es lamentable.

¿Medidas enérgicas?