La profusión de accidentes no es el mejor motivo para tomar medidas enérgicas contra la fiesta taurina. ¿Qué más enérgica medida que la de los mismos toros? Á pocos domingos como el de marras, no quedaba un torero, y asunto resuelto.
¿Vendrá la supresión en absoluto? Hombre es D. Juan capaz de atreverse, no digo con la torería, hasta con el clero, si esto no fuera contra la doctrina conservadora. ¡Ah, si D. Juan fuera liberal como es conservador, la ley de Asociaciones no hubiera quedado en proyecto!
¿Tendremos corridas á la portuguesa? ¿Se exigirá á cuantos toreros pisen plazas un certificado de suficiencia; bachillerato para torear novillos, licenciatura para toros y doctorado para miuras?
¿Por dónde vendrá la muerte? Mal haría el señor ministro en querer precipitarla, exponiéndose por el contrario á levantar al toro, como cachetero desmañado. Deje, deje á toreros, ganaderos, toros y público, que ellos solos se bastan para concluir con la fiesta, por aburrimiento, que es la más segura muerte.
Entre esos toreros, en vano aupados por los amigos; esos toreros de una estocada, que bien pudiera llamarse la estocada del hambre, cada cinco años; las exigencias de los eminentes, la falta de tradición en los aprendices toreros y en el público aficionado que ya, por no haberlo visto en muchos años, no sabe distinguir un volapié de una carrerilla de esas con que ahora se caza, no se mata, á los toros... Además, las clases obreras están más alejadas cada día del espectáculo, sostenido por la clase media desocupada y la aristocracia aburrida, y... síntoma significativo: á los niños de ahora no les gustan los toros. He podido comprobarlo en repetidas observaciones.
Unos cuantos años más y habrá que sostener las corridas de toros con subvenciones del Estado, como una curiosidad arqueológica que puede interesar á los extranjeros.