Los tangos y los garrotines se suceden, y lo que es peor, se parecen. La juventud relincha y patea, la formalidad se congestiona, los acomodadores están pálidos y ojerosos. Las odaliscas se deshacen por complacer al público, y lo mismo sonríen á un aplauso que á una grosería; allí todo es lo mismo. Lo que ellas dirán, parodiando al torero: Mas grosera es el hambre.

Alguna vez pasa una ráfaga de belleza ó de arte, y el público guarda respetuosa compostura. Para que el público respete hay que empezar por respetarle... pero en seguida vuelve el garrotín, vuelve el tango, vuelve la canción grosera y las patadas y los dicharachos, y un matrimonio de burgués aspecto que, sin duda, entró allí por ver de todo, se levanta antes de que termine el espectáculo y sale presuroso.

—Ese señor se lleva á su señora. ¡Si no la trajera á estos sitios!

—Pero, ¿usted cree?—dice otro mejor informado.—Si es ella la que le trae á él, y es ella la que se le lleva... Y es un matrimonio que se lleva muy bien.

—Ya lo creo. Aplicado así el cine es un espectáculo moralizador y reconstituyente.


XXXII

Hay algo más triste para el escritor que no ser leído: ser mal interpretado. Un anónimo comunicante, persona de gran inteligencia—esto no lo encubre el anónimo,—me censura por no mostrar grandes entusiasmos bélicos. Con la lectura de anteriores artículos podrá convencerse de lo contrario. Fuí de los primeros en censurar el sanchopancismo que huye de las aventuras como del agua fría gato escaldado. ¡Sí, que soy yo autoridad para burlarme del espíritu aventurero, cuando casi no me queda por correr más aventura que la de meterme fraile! Todos los peligros y contingencias que mi comunicante, con gran acierto, preveía para España de no haber aceptado la guerra del Rif, son para mí evidentes, y siento no poder publicar su carta, pues, sobre todo en lo que se refiere á la cuestión de Cataluña, es de una clarividencia profética.