Lo que yo lamentaba no es la guerra, sino la ineficacia de sus resultados. Nos falta idealismo del mejor, que es el idealismo práctico. Triunfaremos en el Rif con las armas y no triunfaremos con el espíritu, y sin él todas las ametralladoras, escuadras y soldados del mundo son inútiles. Después que las armas y la sangre vertida nos hayan abierto el camino, ¿irá allí el dinero que duerme en nuestros Bancos, esperando la buena hipoteca ó el buen empréstito que venga á despertarlo? ¿Irá nuestra industria? ¿Irá nuestro comercio? Lo difícil no es emprender, sino persistir. Delante Don Quijote

con su adarga al brazo todo fantasía;

con su lanza en ristre, todo corazón,

como canta Rubén Darío; pero detrás Sancho, con sus buenas alforjas y su manso rucio, á gobernar las ínsulas ganadas por su amo, con buen juicio y mejor sentido. Y ¡quiera Dios que algún Tirteafuera de por esos mundos diplomáticos no deje caer su varita privativa al primer bocado! Por lo demás, muy agradecido á mi comunicante por su cortés misiva.

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Hay quien reniega de toda blandura con el enemigo y pide guerra de exterminio. ¿Exterminio de qué? Porque no es tan fácil exterminar una raza, y exterminarla á medias es dar vida perdurable al odio, y medio pueblo con odio vale por un pueblo entero.

Los ejemplos históricos de la guerra sin cuartel no son de lo más convincente. Todavía sirve para espantar muchachos el recuerdo del duque de Alba en los Países Bajos; pero, ¿son independientes? Los rigores de algún general en provincias españolas, ¿han servido de algo? Recientes sucesos son la mejor respuesta. En Argelia y en Casablanca los franceses, y los ingleses en sus posesiones y en la última guerra del Transvaal, después de los primeros furores, ¿no tuvieron que pastelear dulcemente, como cualquier hijo de vecino?

Dejemos el espíritu inquisitorial, único que hemos paseado por el mundo y así nos ha lucido el pelo. Dejemos de ser el país de las intransigencias feroces, donde no es raro oir, como oí yo á un buen señor, poseído de la mayor indignación.

—¡Quite usted! Al que hace eso, yo le mataba. Y ¿saben ustedes lo que hacía quien así se indignaba? Añadir un poco de agua á media jícara de chocolate. Figúrense ustedes; si á tan inocente porquería señalaba tan terrible pena en su código particular, ¿qué no sería en más graves asuntos? Yo salí aterrado del establecimiento lugar de la escena.

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