Chantecler, el más cacareante gallo de todos los gallos tapados, se apresta á la pelea. Las butacas para la première se cotizan á cien francos.—Hay premières de más importancia que no se cotizan tan alto; verdad que luego se encarece el precio en sucesivas representaciones.—Esta reflexión es de una cocotte, celosa de Rostand. Los palcos están hors de prix.

De los Estados Unidos encargan localidades por lo que sea. Los que de mejor ó peor fe hacen el reclamo, y los que con absoluta buena fe protestan contra el reclamo, hablan de lo mismo y todo es reclamo. No parece sino que ese gallo es el mismísimo gallo de la Galia, que no cantó nunca más sonoro ni desde Vercingitorix á Napoleón el Grande, ni desde Ronsard á Víctor Hugo.

Todo esto sería ridículo si no fuera simpático. No es de Rostand ni de su obra de lo que se trata, para los franceses, es de la supremacía del Arte francés, que ellos, con noble aspiración, quieren sobreponer al del mundo entero. Algo parecido á lo que hacemos aquí con el nuestro.

Apenas alguno de nuestros escritores viaja por el mundo ó le piden noticias de otros escritores españoles (hay algunas excepciones), se arrea un formidable bombo á sí mismo, y á los demás los deja como para que nadie quiera saber de ellos. Así lee uno tan peregrinas cosas en esos libros de hispanófilos, al través de los cuales no es difícil descubrir al Pájaro Pinto ó Ninfa Egeria que apuntó nombres y adjetivos.

Hay quien se cartea con medio mundo por el gusto de desacreditar al otro medio. De las obras de nuestros autores no se sabrá mucho por tierras extranjeras, pero de si Fulano maltrata á su señora y atormenta á sus niños, y si Mengano estuvo complicado en un escalo, eso, como en casa.

Así es, que al primer escritor español que visita á un escritor extranjero, se le recibe con agrado; pero cuando llega el segundo... encierra la plata. El primero dejó preparado el terreno á los demás, y, para que no cupiera duda de sus afirmaciones, se llevó unas cucharas.


XXXIII