Difícil será para los magistrados desenlazar la obra á gusto de todos, y de condenar á la protagonista, todos podrán exclamar con ella misma, y con mayor razón que Nerón: ¡Qué artista pierde el mundo! He ahí una mujer que no pudo ó no supo acertar con su camino. En el teatro hubiera llegado á socia de la Comedia Francesa. No le hubiera servido de poco, aparte las condiciones artísticas, su mano izquierda... ó su derecha ¡vaya usted á saber! con personajes políticos de talla. Obligada á emplear sus condiciones dramáticas en la vida, quizás el fin de su carrera sea lo más desastroso.

Eso sí; lo de socia no se lo quita nadie, y de la mejor sociedad.

De lo que han sido privadas las elegantes, con el rigorismo del presidente no permitiendo la entrada á las señoras, es de saber á qué atenerse respecto al último figurín para vistas de procesos sensacionales ¡Cuánta exquisita toilette, dispuesta para la ocasión, habrá quedado en esos roperos! ¡Infeliz señora; tan odiada por unos, tan compadecida por otros... y tan envidiada por todos!... Porque ¡vaya si se ha divertido en este mundo! Y eso será lo que acaso no la perdonen, aunque su inocencia quedara demostrada.

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Supongamos que en cualquier parte del mundo se hubiera estrenado una obra póstuma de tan gran artista como el maestro Chapí, y así hubiera sido esa obra—y no lo es ésta—lo mas endeble é insignificante, ¡con qué respeto no hubiera asistido el público á la representación! El nuestro no lo entiende de esa manera y dió un lamentable espectáculo en el estreno de El diablo con faldas. Y eso con una obra que era de su agrado. Y es que esos cines del garrotín y de la machicha son grandes centros de cultura, y hay espectador que si no berrea y patea y relincha y suelta cuatro palabrotas, se figura que no se ha divertido, y cuando asiste á otros espectáculos cambia de lugar, pero no de costumbres. Si el glorioso músico español, que tanto padeció en vida de esas irrespetuosidades de nuestro público, pudo, desde la región donde asiste eternamente, contemplar el estreno de su última obra, ¡qué satisfacción la suya haber abandonado este pequeño mundo! Cuando espera todavía la iniciativa para erigir un monumento que dé testimonio á la posteridad, no de su gloria, pero sí de nuestra gratitud, ¡pateo, protestas, groserías!... ¿Es que ya no se perdona la gloria ni á los muertos?

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Yo, que este año me sentía un poco muerto, con tantos honores. ¡Hay años felices! Un teatro con mi nombre. Ustedes no saben el efecto que produce ir por la calle y oir de pronto á unos señores que dicen: ¿Vamos á Benavente esta noche? ó ¿Qué echan hoy en Benavente? Yo procuro, por no hincharme de vanidad, suponer que se refieren á Benavente, provincia de Zamora; pero... vamos, me siento cadáver.

Además, mi retrato en el saloncillo del teatro Español. Gracias mil á sus amables directores; gracias también á Juan Antonio Benlliure, y más agradecido á todos, si ya que, por aquello de «los últimos serán los primeros», se acordaron de mí para anticiparme en vida este honor, no tardan en aumentar la galería con otros retratos que allí faltan, y que yo soy el primero en echar de menos, y mucho más cuando el mío sobra—Sellés, Galdós, Dicenta,—y sólo nombro á los que son anteriores por orden cronológico en la historia del Teatro Español. Sólo en la seguridad de que más se atendió á facilidades de ejecución, por mis muchas desocupaciones, puedo aceptar una primacía que de ningún modo me corresponde. Y si alguien lo juzga falsa modestia, no sabe que yo tengo una vanidad tan grande que está por encima de esas vanidades. Yo quisiera ser cien veces mejor autor dramático de lo que soy, y ser, sin embargo, el peor de todos entre cien autores más que honran el Teatro Español. ¡España sobre todo y sobre todos!