Como no se puede dar gusto á todo el mundo, es natural que se prefiera contentar á los amigos. Bien vale la pena de que los empresarios, pudiendo vender sus localidades anticipadamente, tengan la galantería de reservarlas para que, cuando á la buena señora amiga se le ocurra ir al teatro, tenga dónde escoger.

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El divino Emperador de Alemania, en su deseo de fomentar por todos los medios la cría y reproducción de sus súbditos, se compromete á ser padrino del octavo hijo que se digne tener cualquier matrimonial pareja de su Imperio. ¿Cómo han de oponerse sus leales súbditos á tan amable «Creced y multiplicaos», de tanta fuerza como el divino precepto? Ya me figuro á los matrimonios alemanes empeñados en esta especie de juego de la siete y media ó la treinta y una. Cuando una señora, cansada ya de juego tan poco divertido para ella, se atreva á decir con cuatro ó cinco: «¡Me planto!» Su marido replicará furioso: «¡Cómo! ¿Vas á plantarte en tan buen punto?» Carta, señora. ¡Hay que abatir con ocho! ¡Cualquiera renuncia al honor de llamar compadre al Emperador!

Estas naciones montadas militarmente, y en las que todo ha de estar montado por el mismo orden, son un puro contrasentido. Por un lado, prohiben á los jóvenes contraer matrimonio mientras están sujetos al servicio militar; prohiben el matrimonio de los subalternos y dificultan el de los oficiales hasta cierta graduación y cierto sueldo. Y por otra parte, todo es achuchar á los ciudadanos pacíficos para que no se paralice la producción de soldados. ¡Cualquiera entiende el lío! Hay que contar también con que, ocupados en el servicio militar los campesinos más jóvenes y vigorosos, la producción de las tierras decrece, y hay menos probabilidades de que los recién nacidos puedan traer un pan debajo del brazo. Pero, ¿qué importa? Con que traigan brazos para coger el fusil de mayores, el Emperador se da por contento. Antes que en el campo de batalla hay que vencer al enemigo en lo que Góngora llamó «campo de pluma». Esto es lo que se llama la Nación armada, en paz y en guerra. ¡Oh! ¡Felices los matrimonios alemanes que, cuando ya estén más disgustados de la vida matrimonial, todavía continuaran en buenas relaciones con el consuelo y la satisfacción de complacer á su Emperador!

Lo que decía aquel matrimonio que fué al teatro con sus chicos: «Nosotros no nos divertimos nada, pero los niños se han reído mucho».


XXXIX

La vida de sociedad, lánguida en otoño, estación de parada, renace con los rigores del invierno. Los turnos de moda en el Real, en la Princesa, en la Comedia, resplandecen de lujo y de elegancia. Para los que van y vuelven en coche, de los teatros y reuniones, Madrid es alegre. Para los noctámbulos callejeros hay algo más entre cielo y tierra de lo que suelen decirnos los revisteros de salones.