La Escalerilla, los soportales de la Plaza Mayor, las puertas cocheras de calles poco frecuentadas, tienen también un público de abonados á diario: el público de todos los inviernos. Evocan horrores de campo de batalla los cuerpos tendidos, amontonados; y ¿qué son, sino bajas en la batalla de la vida? Unas por inutilidad física, otras por inutilidad moral; irredimibles muchos; algunos, tal vez, capaces de redención. Una noche y otra pasamos indiferentes ante ellos, porque las preocupaciones propias no dejan lugar á preocuparnos por los demás. Alguna vez, una clara espiritual nos predispone á la compasión, y dejamos unas monedas que alivian el frío y el hambre de una noche; pero ¡son tantas y tan largas las noches del invierno! Procuramos tranquilizar nuestra conciencia ó nuestro miedo, considerando la ineficacia de nuestra compasión individual. Las autoridades no debieran consentir esto, decimos, y todos asienten. ¡Es un horror!

Las autoridades, en efecto, empiezan á preocuparse al principio de todos los inviernos, y siguen preocupándose hasta la primavera.

Unos cuantos beneficios, unas cuantas raciones de sopa distribuídas, nos permiten creer que hemos hecho todo lo humanamente posible. ¡Siempre ha de haber pobres y ricos! ¡Ese es el mundo!

Hay asilos de noche; pero esa gente, sin duda temerosa de dar la cara á luz alguna, prefiere dormir á la intemperie. Ama la libertad con todos sus rigores. Tal vez sí; pero téngase también en cuenta que los asilos están todos en barrios extremos, y mucha de esa gente, que vive de las sobras del lujo, tiene sus negocios en el centro, y no le conviene alejarse tanto si ha de acudir, desde muy temprano, á sus empleos y negocios.

Un asilo en cada distrito sería algo más práctico y más á vista de los ricos, que con mayor solicitud podrían acudir con mucho de lo que sobra en sus casas.

Hay, lo sabemos, entre esa gente miserable, muchos indignos de compasión; si alguien puede ser indigno de compasión, y si el llegar á ese extremo, no fuera mayor motivo de ser compadecido. Pero ¿y los niños? ¿Qué culpa puede haber en los niños? Y mientras haya uno, uno solo que duerma al aire frío en estas noches crueles de invierno, ¿no es verdad que no tenemos derecho á vivir tranquilos, ni á llamarnos cristianos, ni á creernos civilizados?

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Eduardo Marquina, el admirable poeta, no debe dejarse seducir por los que vuelvan á decirle, con el mejor deseo: Hay que hacer teatro, usted es un gran poeta, pero le falta á usted picardía teatral. ¡Hay que tener picardía! Y cuenta que el consejo es de quien, alguna vez, también se dejó seducir por complacencias y cayó en el mismo pecado.

Á su hermoso romancero histórico «Doña María la Brava» nada le falta, y si algo le sobra es, justamente, lo que más habrán celebrado en él gentes expertas en teatros; las picardías teatrales. Para triunfar le hubiera bastado el ambiente histórico, de romancero popular, la noble figura de Don Álvaro de Luna, ambicioso de guerrear contra los moros por su rey y por su Castilla, y obligado á contiendas civiles, sin provecho y sin gloria. ¡Qué hermoso y claro símbolo de España!