Fué Balbina Valverde una actriz de la más pura cepa española, y si la vanidad regional no temiera empequeñecer su castizo arte, diríamos mejor de la más pura cepa madrileña. A la falsa luz de las candilejas, en el falseado ambiente de muchas comedias mediocres, nadie supo dar tan artística realidad, tan humano aire al tipo de la mujer española de nuestra clase media, que viene á ser el tipo medio de la mujer española, con su sentido práctico, sanchopancesco, sus vanidades, sus ambiciones, su vulgar sentimentalismo... Llegó á tanto la verdad en su arte, que llegamos á verlo copiado en la vida. ¡Cuántas veces no habremos dicho: Esta señora es una Balbina Valverde! Para los yernos, este nombre era como una amenaza joco-seria.

Su dicción era del más puro castellano; inimitable su arte de subrayar; única en producir efecto cómico con la sola enunciación de una palabra insignificante, que en su boca adquiría el valor de un chiste. ¿Quién no recuerda cualquier ¡Mi yerno!, pronunciado por ella? Era el presagio de una tormenta familiar.

Fué con todo esto de un amor por su arte, de un celo en el cumplimiento de sus deberes artísticos, que ha de recordársela siempre, no sólo como ejemplo para las de su profesión, sino como gloria del sexo femenino, al que muchos suponen incapacitado para toda profesión seria. ¡Si en otras esferas de actividad hubieran cumplido muchos hombres con sus deberes como Balbina Valverde cumplió siempre los de su profesión!

Gravemente enferma, durante una temporada en Bilbao, se hizo llevar una cama al teatro, y en el cuarto del teatro vivía, levantándose de la cama para salir á representar las comedias.

Casi á la fuerza tuvo que obligarla la empresa á regresar á Madrid.

¡Descanse en paz la inolvidable artista! Madrid pierde con ella una de las más sanas y castizas notas de su risa.

A este público, que tanto la quiso y al que ella amaba tanto, le ha hecho llorar por vez primera. ¿No es esto una envidiable gloria?