Aplicado este mismo análisis estomacal á muchos grandes personajes y respetables Corporaciones, hasta ahora considerados y respetadas como de utilidad social, ¿no tendríamos el mismo resultado? Lo que protegen por una parte, ¿estará compensado por lo que dañan de otra? ¿No tragarán más grano provechoso que animalillos perjudiciales? ¡Cuánto grajo no estará viviendo por esos campos, de un respeto mal fundamentado! Se impone la autopsia de unos cuantos, á la hora plácida de la digestión, para saber á qué atenernos.


Como siempre que se proyectan grandes festejos, de lo proyectado á lo realizado va... la distancia que hay de las necesidades de Madrid á los cuidados de su Ayuntamiento. No; aquí ni comemos ni nos reímos. Como festejo extraordinario, ya nos contentaríamos con que nos lavaran un poco.

El problema de la mendicidad—grandes problemas son siempre aquellos para cuya resolución hace falta mucho dinero: el problema de la vida, el problema de las subsistencias, el problema de la enseñanza, etc...—sigue en estudio. Textos en que estudiarle no faltan. Dentro de poco, para poder andar tranquilamente por Madrid, habrá que vestirse de harapos. Será el único modo de que le dejen á uno tranquilo. Añadan ustedes en estos días, á los mendigos de siempre, los electorales: ¡El voto, por amor de Dios! ¡Esta candidatura, que no he comido en todo el año! Ya no sabe uno á quién dice: ¡Perdón, hermano, ó: Estoy comprometido con los socialistas.

¡Grandes días estos para disponer de un aeroplano! ¡Feliz el conde de Romanones, único español á quien no le preocupan los asuntos electorales!


XVI

Salvo el género de tropelías, mudanza que los siglos van trayendo, pudo compararse al difunto rey Eduardo VII con aquel otro rey de Inglaterra, Enrique V, héroe de la batalla de Argincourt, protagonista en varios dramas historiales de Shakespeare. Como el alegre y despreocupado amigo de Falstaf y Pistol, supo ser, como rey en su día, muy otro que como príncipe de Gales.

No podría decirse de él que fué el príncipe que todo lo aprendió en los libros. Mucho aprendió en la vida, y no fué desaprovechada la enseñanza. Una buena Prensa le prodiga elogios, que no le regateará la Historia. Estímanse las virtudes de los grandes, y es justo que así sea, por comparación con sus iguales; así no es de extrañar que, con las cualidades que apenas librarían á un señor particular, en la hora de su muerte, del piadoso comentario de alguna buena amiga: ¡Qué descansada se habrá quedado la familia!, la Historia se dé por contenta para proclamar: ¡Era un gran rey!