Si en la satisfacción del triunfo cabe siempre una gota de amargura, ¿habrá dejado de saborear su provechosa medicina el gran D. Benito Pérez Galdós? ¿Cómo puede escapar á su observación lo fácil de una carrera política y lo difícil de una carrera literaria? La primera serie de sus Episodios Nacionales y muchas de sus admirables novelas llevaba publicadas don Benito y no podía contar con el número de lectores con que, sólo en dos años de republicano, ha podido contar de electores.

De lectores á electores hay una sola letra de diferencia; pero ¡qué gran diferencia en números!

Y ¿cómo comparar el mérito de la labor literaria de toda una vida con los merecimientos de dos años de republicano, aunque contemos como literatura y como republicanismo el sinnúmero de cartas de adhesión á todas las paellas tricolores, en torno á las cuales se haya reunido siquiera media docena de republicanos?

¡Cuarenta mil votos! Una duda: de la primera novela que publique, ¿venderá tan fácilmente D. Benito 40.000 ejemplares?


Siempre que un Gobierno sale malparado de unas elecciones, le queda el consuelo que á las mujeres feas y pobres: atribuir á su honradez toda su desgracia. ¡Si yo hubiera sido como otras! ¡Esto me pasa á mí por ser honrada! Ninguna dice: ¡Esto me pasa á mí por ser fea! Que era el caso de la candidatura monárquica en Madrid. Claro es que ser diputado por Madrid significa poco; aquí no hay mangoneo ni caciqueo. Las grandes figuras de la política prefieren sus feudos provincianos. Para Madrid quedan unos cuantos señores de buena voluntad y mejor fe, dispuestos á gastarse muy buenos cuartos. Pero ¡ay! Madrid tiene otras teclas que tocar que los distritos rurales. Aquí se fuma y se bebe todo el año y no se le asusta á nadie con un apremio, ni con un recibo... ¿Será verdad que los electores monárquicos hayan andado despegadillos? Como entre ellos hay gente de dinero y muchos tienen automóvil y el día estaba bueno... Por eso, no será malo, para otra vez, confiar menos en los electores y algo más en los elegibles.


Muchas personas de viso, de esas que se abstendrían, por comodidad ó por abandono, de votar la candidatura monárquica, han andado en estos días poco menos que á media asta con motivo del fallecimiento del rey de Inglaterra. Bueno está vestir á la inglesa y vivir á la inglesa y pagar á la inglesa, pero ¡entristecerse á la inglesa también! Mucho se había divertido el noble difunto, pero no hasta el extremo de que tanta y tan buena gente le llore como á un padre.

Los actores franceses son los que han tenido una ocasión más de exhibirse. No hay uno que no haya sido gran amigo del rey Eduardo y no tenga que contarnos alguna chispeante anécdota. A Febvre, ex socio de la Comedia Francesa, le regaló un bastón; á Réjane, una sortija; Sarah ¡oh, Sarah! le reprendió una vez severamente porque se acercó á ella sin quitarse el sombrero. Siempre fué el teatro la mejor escuela de buena crianza. Pero todos están inconsolables. Le querían mucho.