Millones de flores, que representan millones de pesetas, cubrirán la tumba del rey Eduardo de Inglaterra. Los economistas republicanos, que hallan sus mejores argumentos contra la Monarquía en publicar lo que cuesta el sostenimiento diario de unas caballerizas reales, no dejarán de filosofar ante ese derroche de flores. No pensarán lo mismo las floristas ni los floricultores. Y siempre que un señor de esos que, por alardear de modestia, deja dispuesto en su última voluntad que no se deposite coronas ni flores sobre su cadáver y que se le entierre con la mayor sencillez, pienso en la oración fúnebre que han de dedicarle los empresarios de pompas fúnebres y los fabricantes de coronas: ¡Vaya con el hombre, á qué hora ha ido á acordarse de ser modesto! Yo creo que la mayor modestia es no disponer nada y dejar á los ricos que hagan su gusto y su voluntad y á los funerarios su negocio. El que uno se muera no es razón para que no vivan los demás. A mí me parece muy bien todas esas flores y ese dinero que se gastan los ingleses. Las flores nunca son caras. Además, los vivos son lo bastante vivos para no dedicar flores al muerto; las flores son á los que quedan.

Recuerdo que á un gran personaje se le murió un sobrinito, y la casa se llenó de coronas y de flores y el entierro llevó el más lucido y numeroso acompañamiento, y decían los familiares de la casa: Si esto es por el sobrino, ¡cuando el señor muera! Pero el señor, al morir, no dejaba familia de importancia, ni, de ella, nadie que pudiera dar destinos ni dispensar favores, y al entierro... dos peseteros y los precisos operarios. Señores muertos: nada de consideración con los vivos; admitan ustedes coronas y flores, y á la familia dejarle encargado el entierro de primera y con mucho clero: que vivan todos. Siempre hace bien ver caras alegres en un entierro.


XVIII

Todo Gobierno, al emitir su respectivo discurso de la Corona, bien puede disculparse, como el aldeano de Molière:—Si digo siempre lo mismo, es porque siempre es lo mismo; que si no fuera siempre lo mismo, no diría siempre lo mismo.

Si los anteriores Gobiernos hubieran realizado todas las bellas y grandes cosas prometidas en sus sendos discursos, nada quedaría por realizar, ni siquiera por prometer, y holgaría un nuevo discurso de discursos (revista de revistas).

Si de la vida dijo Shakespeare que era fastidiosa como un cuento oído dos veces, ¿qué serán estos discursos tantas veces oídos? Así nos hemos acostumbrado á oírlos con el más consecuente escepticismo, reflejo tal vez del escepticismo que suele dictarlos.

En fin, como el escepticismo es puerta entornada, ¿por qué no hemos de conceder á estos discursos siquiera la confianza que ponemos en la lotería? Alguna vez puede tocar. No aspiremos al premio gordo.—El programa ideal. ¿No es eso?—¡Si tocara una aproximación!

En lo que no cabe por esta vez escepticismo es en lo del «vigoroso llamamiento al crédito». Esa es la eterna subida del vino: que nunca mejora de calidad, aunque suba de precio.