El año pasado nos trajo algunas glorias, ¡bien pagadas con muchas inquietudes y tristezas! Se despidió con inundaciones, lo mismo que el partido conservador. Bien puede ser generosidad, para que luzca más el sol del año nuevo. Hay calamidades fertilizadoras.


Los autores noveles protestan contra la precipitación, reserva y sorpresa con que se ha declarado cerrado el concurso de sainetes para el teatro Español. Prueba de ello es el escaso número de obras presentadas, cuando en cualquier otro concurso, anunciado con la necesaria publicidad, se cuentan por millares. ¡Díganmelo á mí, que llegué á leerme, en algunos de ellos, «noventa y cuatro comedias»!

Lo mejor que puede hacerse es ampliar el plazo y no dar ocasión, de ningún modo, á que nadie pueda sospechar que hubo mala fe en lo que sólo pudo haber ligereza. Considérese que estos concursos, con todas sus deficiencias, son la esperanza de muchos autores inéditos y la mayor probabilidad de verse atendidos y juzgados imparcialmente. Si la atención y la justicia de los que han de juzgar se bambolean ó se tuercen en ocasiones, culpa es de los propios concursantes, que suelen mover una de recomendaciones, influencias y hasta intriguillas á las que sólo con gran energía, y á riesgo de enemistarse con muchos, puede uno sustraerse. Esto de la recomendación para todo es achaque muy nacional. El donoso escritor que en peligro de muerte, al ir uno de sus allegados á pedir los últimos Sacramentos, le recomendaba: «Di que son para mí; que los traigan buenos», satirizaba esta arraigada costumbre española de creer que la recomendación alcanza para todo, hasta en lo divino. ¿No es este el país en que más se reza y se pide á una multitud de vírgenes, santos, abogados y abogadas celestiales, que á Dios, uno y trino; en que se cree necesario pedir por favor lo que es más de justicia; en que hasta para comprar en una tienda, por su dinero, se cree uno en el caso de decir: «Vengo aquí recomendado por don Fulano, que le compra á usted mucho»; en que hasta para morirse le confortan á uno con lo que se llama «recomendación del alma»?... Y no digamos, después de muertos, la de recomendaciones que son precisas para que le entierren á uno en buen sitio y lo más arreglado posible.

Por todo esto, yo me permito recomendar que se atienda la justa queja de los autores. En cambio, me comprometo á no recomendar á ninguno en particular.


II

Parece ser que ahora va de veras: Madrid será agrandado y... ¿embellecido? Como en las casas cursis, tendremos sala y gabinete decentemente amueblados, y lo demás ¿qué importa? Lo demás es para vivir. Gran tocado y chico recado. Si la nueva Gran Vía y cuanto se mejore y ensanche ha de verse tan mal barrido, tan mal pavimentado, tan puerco como lo que ahora tenemos, más valiera dejarlo todo como está. ¿Pasan ustedes alguna vez por la calle del Barquillo? ¿Y por la de...? ¿Para qué enumerar? ¿Andan ustedes por esas calles? En las aceras no hay losa en su sitio; el arroyo lo es de polvo y papeles y todo género de suciedades; ir en coche es ir botando como pelota; ir á pie es ir votando como ciudadano. El sistema de barrer las calles es para optar á un premio en cualquier Exposición de higiene. ¡Y qué admirable orden en la circulación! Carromatos con siete mulas de reata interceptan el tránsito á cada paso. ¡Pobres traficantes, no es cosa de molestarles con ordenanzas que fijen horas á propósito para sus acarreos! La molestia libre en el Estado libre.

Bien está que aplaudamos todas las grandes iniciativas del alcalde y del Municipio, pero entretanto tuvieran algunas pequeñas iniciativas... Verdad es que la mayor parte de la gente vive tan á gusto. Las malas casas les han acostumbrado á las malas calles. ¡Digo! Si las calles fueran agradables... Como son, hay quien se pasa la vida trotando por ellas, sólo por no estar en su casa.