No puede creerse en la indignación de Rostand al ver destripado su gallo por las indiscreciones del Secolo, cuando, por indiscreciones parciales, muchos sabíamos ya el argumento y aun los chistes y cantables que tiene la obra. Aparte de esto, poco tiene que perder una obra que todo lo ha perdido con la publicación de su asunto. ¡Pobre de nuestro Don Juan Tenorio entonces! ¿Quién iría á verlo, si la novedad de su trama fuera su único atractivo? En el mismo París, tan novelero en apariencia, sostienen mejor su cartel muchas obras clásicas de Corneille, Racine y Molière, que algunas flamantes comedias, más viejas al nacer que las otras antiguas. Chantecler ha logrado ya categoría de obra clásica, en que el asunto es lo de menos. Muchos que ahora asistirán al estreno, tal vez como críticos, no habían nacido cuando empezó á hablarse de Chantecler.

De las actrices y actores que estrenaron anteriores obras de Rostand, sólo por Sarah inmortal, no han pasado los años. ¡Hagan las Musas que tan esperada obra interese por tanto tiempo á la posteridad, como á la anterioridad ha interesado! Después de todo, la gloria anticipada es la más segura, y la cera que va delante es la que alumbra. Y en este particular de la luz, parece ser que para el gallo de Rostand amaneció hace mucho tiempo. Tal vez ya no quedaba más resquicio por donde percibirla que esas indemnizaciones exigidas á los periódicos indiscretos. De este modo sí que el gallo no puede ser nunca un albur. Todo va copado. ¡Que al estrenarse no le cambien una letra! ¡Pobre gallo entonces!


No hay nada más peligroso que un incensario en manos indiscretas. Representación de algo divino ó humano, los golpes más peligrosos para los ídolos son los de sus fervorosos adoradores. Cuando todo el mundo dice: «Está bien», ¿para qué empeñarse en que todos digan: «Está mejor que bien». El deber cumplido tiene en sí mismo la mejor recompensa, y cuando el deber es tan propio del cargo y por lo elevado de la posición trae consigo el conocimiento y la admiración de todos, ¿qué se le añade con una recompensa que, por estar tan al alcance de la mano de quien ha de obtenerla, pierde todo su valor en este caso? El reconocimiento oficial nada añade al reconocimiento nacional. Sería, como dijo Shakespeare: «Pintar al lirio, dorar el oro, endulzar lo dulce.»


III

El periódico de Buenos Aires Caras y Caretas, en circular dirigida á personas significadas, solicita un pensamiento con motivo del centenario de la Independencia argentina. La circular viene en francés. Ya sabemos que por ser el idioma usual en relaciones diplomáticas universales, puede serlo también en las literarias. Pero en este caso, y tratándose de una República en que nuestro idioma es y será por mucho tiempo el oficial, el literario y el vulgar, ¿no hubiera estado mejor en castellano la circular dirigida á España? Yo, por mí, sé decir que nunca entendí peor un idioma extranjero, y no sabré contestar á lo que se me pregunta.

No ya consolarnos, enorgullecernos debemos de la independencia de todas las Repúblicas americanas que fueron colonias españolas, mientras en ellas impere nuestra lengua, y con ella mucho de nuestro espíritu. Comunicarnos en lenguaje extraño, más que independencia nos dice desvío. Nuestras relaciones deben ser más que diplomáticas; y esa circular en francés tiene toda la frialdad de una nota de Estado. ¿Le agradaría al simpático semanario porteño que saludáramos en francés la conmemoración de la Independencia argentina?