Los sucesos culminantes de estos días entran en la clasificación de podencos, tan respetados por el escarmentado loco de que nos habla Cervantes. ¡Guarda, que es podenco! No entremos ni salgamos en pláticas de familia, aunque la familia nos sea muy allegada, que siempre llevaremos la de perder, mientras no caigamos en la cuenta de que, civiles ó militares, todos llevamos el mismo uniforme: el de ciudadanos españoles, y á todos nos interesa por igual el respectivo prestigio de unos y otros. Malo es dividirse en castas. Todos hemos de ser paisanos, en el amplio sentido de compatriotas; todos hemos de ser soldados, en paz y en guerra, cada uno en su puesto, para responder siempre al ¿quién vive? de todo ¡alerta!: ¡España!
¡Oh, admirable público nuestro! Se acostumbra á lo malo; tolera indefinidamente lo mediano, y sólo ante lo bueno se cansa su admiración y hasta se irrita si alguien se obstina en pretender sostenerla. Este es el caso de Titta Ruffo en la actual temporada. Nada en la voz ni en el arte del gran barítono justifica un cambio de actitud en el público. El artista es el mismo, y eso es lo que parece sentir el público, obligado á seguir admirándole todavía. ¡Oh, niño caprichoso, á quien hay que retirarle las golosinas antes del enfado y los juguetes antes del destrozo! ¡Pocos poseen, como el Guerra, el difícil arte de retirarse á tiempo, único recurso del artista que no quiera sentir tus rigores!
En ningún público, como en el nuestro, se advierte esa actitud defensiva contra la admiración; esos gestos malhumorados al soportarla. En cualquier espectáculo parece como si el público fuera violentado, por fuerza mayor y no por gusto, á distraerse un rato. El autor es como un enemigo personal; el artista, como un acreedor molesto. En ninguna parte puede hablarse con tanta razón de «batallas» al tratarse de arte.
Por mucho que moralistas y sociólogos prediquen contra el suicidio, mientras el ridículo no se atreva con él, por respetos que siempre impone la muerte, seguirá siendo poético final de muchas historias vulgares. El solo basta para dar grandeza trágica en un momento al más chocarrero sainete. ¿Cuántos no habrán reído al ver pasar en vida el idilio amoroso del viejo cojo y la niña lozana? Y aquella unión, que en vida acaso sólo en el interés tenía explicación para las gentes, con la muerte es algo inexplicable, con todos los prestigios del amor y de la muerte; deidades poderosas á inmortalizar á sus elegidos, como los dioses paganos á sus amadas mortales. Los vulgares amantes, que en vida tal vez dieron que reir á las gentes, hoy van en la divina poética teoría inmortal de Hero y Leandro, Píramo y Tisbe, Romeo y Julieta, Francesca y Paolo, Isabel y Marsilla; sin olvidar á aquellos otros amantes madrileños que inmortalizaron la frase suprema: ¡Que los entierren juntos! ¡Hallen todos un Ovidio, un Dante, un Shakespeare! Y á no poder ser otra cosa, un buen romance de plazuela. Hay que poetizar la muerte por amor todo lo posible. Es el mejor medio de evitar muchos matrimonios desgraciados.
Los empresarios de music-halls están consternados. Ante la amenaza de la subida de la carne, algunas artistas han pedido aumento de sueldo. Lo que dirían ellas, si conocieran la célebre canción de La camisa, de Hood—pero ¿cómo han de conocerla, si las pobres hasta habrán olvidado que hay camisas?:—¡Que la carne de vaca sea tan cara y la carne humana tan barata!
Por fortuna para los empresarios y traficantes en carne humana, la carestía de la primera trae por la mano la baratura de la segunda.