A poca costa podríamos traer buena carne de América cuando aquí nos faltara. Preferimos enviar allá carne humana. Dentro de poco sólo quedarán aquí los que puedan pagar el solomillo. ¡Qué agradable será no ver más que gente bien alimentada por esas calles! ¡Cómo van á dulcificarse las relaciones sociales, y sobre todo las políticas!


IV

Para los espíritus abatidos, propensos al decaimiento, como nuestro espíritu nacional, no importa tanto saber si hay causa para tanta alegría como saber que el efecto fué el de una alegría verdadera. Cuando hay tales tristezas sin motivo, ¿por qué no entregarnos sin discusión á una alegría, que, desde hace mucho tiempo, con ningún pretexto hubiéramos podido justificar? En otros tiempos, tan ricos éramos en glorias, que, acaso éstas de ahora nos hubieran parecido mezquinas. Hoy... bien venidas sean, y mejor si sabemos apreciarlas con serenidad y más que de envanecimiento nos sirven de estímulo para glorias mayores. De tremenda crisis triunfó el espíritu nacional en los principios de la campaña. Por el mundo no faltó quien se apresurara á cantar nuestros funerales. El Ejército español ha sabido extendernos nueva fe de vida ante el mundo. Tal vez pocas veces fué tan depositario del honor y la vida de España como en esta ocasión. No quede todo en aclamaciones de entusiasmo. No olvidemos nuestro deber en la paz, si queremos tener el derecho de exigirle todo su deber en la guerra. Es triste cosa resignarse á tener mártires cuando se puede tener héroes. Hoy sustituyamos el grito de ¡Viva España!, que puede parecer un deseo, con este otro más afirmativo: ¡Vive España!


Por dichosa casualidad, al mismo tiempo que nuestras armas victoriosas, llega de la República Argentina, en la persona de Belisario Roldán, mucho de nuestro espíritu triunfante á decirnos cuánto queda en América todavía de nuestro Verbo glorioso. Siempre leal amigo de España, no puede considerarse ni ser considerado en ella como extranjero. La fogosa elocuencia de nuestros grandes oradores, la que fué admiración de todo el mundo español, alienta vigorosa en el joven orador argentino.

En los oradores de casa, tal vez nos pareciera demasiado vehemente. ¡Hemos bajado tanto el diapasón para todo! El grito, el rugido, el apóstrofe nos asustan. Amamos la discreción sobre todas las cosas en política, en arte, en el trato social, ¡La discreción! Triste cosa es un pueblo que no tiene mayores glorias que las de sus locuras.


Amable lectora, la que en discretísima carta me consulta sobre el mejor sistema de educar á los hijos; sin duda sabe que nadie los educa mejor que los que nunca los hemos tenido. ¿Severidad? ¿Dulzura? ¿Proporcionarles toda la alegría posible ó prepararles con privaciones á soportar las tristezas futuras? Hoy... son los padres; pero los padres no viven siempre. Mañana... son los extraños sin cariño, ó con otro cariño que nada se parece al de los padres... Pero, ¿no será, por lo mismo, crueldad en los padres anticipar tristeza á la tristeza? ¿Y si el hijo muriera antes? Mañana es la vida, pero también es la muerte. Los juguetes comprados serán entonces recuerdo triste; pero los juguetes que el niño deseó y que le negamos serán un remordimiento constante... ¡Oh, sí; dulzura, dulzura para vuestros hijos, que la vida es madrastra terrible, como las de los cuentos de hadas; esas madrastras que encierran en torres á las princesas delicadas ó las envían al bosque á guardar gansos. Peor la vida, que suele traerlas, no á guardarlos, sino á casarse con alguno de ellos. Pero, ¿y si acostumbrados al mucho mimo no hay fuerza en ellos después para conllevar las contrariedades?