En este caso nada se ha perdido; todo es que los pobres muchachos estudiantes del bachillerato tengan que aprenderse una nueva teoría... hasta otra. Los licenciados y doctores pueden seguir sirviéndose de la que estudiaron en sus libros. Más se ha adelantado en otras materias, de aplicación más inmediata, y hay quien se anda en el Fuero Juzgo y sus equivalentes.

Entre las afirmaciones de miss Craig, la más alarmante es la de que el sol nos ha estado engañando miserablemente. La luz que nos alumbra no es cosa suya. Yo no se cómo no habíamos caído antes en ello, cuando en el Génesis se habla de la creación del sol y de las estrellas, por una parte, y por otra se dice que la luz fué hecha. Con la nueva explicación no hay, pues, que temer un nuevo conflicto entre la Religión y la Ciencia. Más vale así; que bastantes hemos tenido, sin contar con los que esperan al Gobierno con la Nunciatura. Quedan, en cambio, inservibles todos los embustes y ponderaciones:—¡Tan verdad como el sol que nos alumbra!—Inservibles también una porción de odas y de comparaciones. Pero ya verán ustedes cómo el sol continúa viviendo del crédito durante mucho tiempo. Hasta en eso va á parecernos más español: en vivir de las apariencias.


Ríanse ustedes de imperiales cortejos en Roma, triunfos carnavalescos de los Médicis en Florencia, tramoyas del Buen Retiro y pastorales de Versalles. Todo es pobretería en parangón con la admirable carrozada que nos han presentado. Menos mal que sólo estábamos la familia y los amigos, como en función casera, y apenas había entre los espectadores quien no tuviera en la cabalgata un pedazo de su corazón ó una prenda de su guardatrapos.

¿Qué mal aficionado á representar comedias no habrá saludado con emoción aquellas trusas y aquellas pelucas? La intención era buena; pero ya sabemos que de buenas intenciones está pavimentado el infierno y de peores debe estarlo Madrid, según el aspecto de sus calles.

Organizar una cabalgata, presentable á plena luz del día, es cosa que requiere mucho dinero y mucho arte. Otro hubiera sido el efecto amparándose de las sombras protectoras de la noche y al favorable engaño de antorchas y bengalas. Sin contar con que las fiestas nocturnas son más agradecidas; como que en ellas sí que puede decirse que el espectáculo está en el espectador, mejor dicho, en la espectadora, y lo que se ve es lo de menos. Hay función de fuegos artificiales que no se olvida nunca, y bien sabe Dios que no es por los cohetes. En todo festejo popular hay que atender á estas emociones reconcentradas, por si fallan las exteriorizables.


Con excepciones muy contadas, es tan general como deplorable la afición de los buenos actores á representar malas comedias. ¡Lo que ellos gozan entregándose en cuerpo y alma á la ingrata tarea de levantar muertos! ¡La de esperpentos dramáticos que gozan honores de obras inmortales gracias á la interpretación de algún gran comediante!

Buena prueba es el repertorio que se ha traído Novelli, como para examinar de paciencia á sus muchos admiradores. No hay idea de lo satisfechos que se quedan algunos actores cuando el público sale del teatro diciendo:—Todo muy malo, todo; pero ¡él! ¡El solo! ¡Sólo él! El peligro de este inmoderado afán solitario está en que el público se canse de decir:—¡El solo! ¡El solo!, y se decida á ponerlo en práctica, dejándole solo en efecto. No merece otra cosa la vanidad de algunos comediantes que llegan á creerse que ellos solos son una obra y un teatro.