Han surgido algunas dificultades para la reedificación del teatro de la Zarzuela. Por una vez—una vez no hace costumbre—quiere llevarse á punta de lanza lo ordenado sobre construcción de teatros. Aparte de que en este caso sólo se trata de reconstruir, reciente está la edificación del teatro Lírico, hoy Gran Teatro, sin ajustarse á las rigurosas Ordenanzas. No hablemos del sin fin de teatrillos que, á sombra y entre sombras, de estar destinados á exhibiciones cinematográficas, donde, entre paréntesis, son mayores los riesgos de incendio, han venido á parar, por exigencias del negocio, en verdaderos teatros, sin más condiciones de seguridad que falta de concurrencia.
Como decía un empresario de un teatro provinciano al gobernador, que le ordenaba toda clase de reformas en el teatro, según oficio, «para evitar todo peligro ocasionado por las grandes aglomeraciones...»:—¡Ay, señor gobernador; deme vuecencia primero esas grandes aglomeraciones, y yo haré las reformas!—En efecto, la marcha de los negocios teatrales no da para pedir muchas gollerías. Exigir que un teatro presente sus cuatro fachadas libres de toda vecindad es tanto como prohibir que se edifique ningún nuevo teatro en sitio céntrico de las grandes poblaciones. Al precio que están los terrenos, sólo más allá de la Ciudad Lineal puede levantarse un teatro con ese requisito.
No son los teatros los únicos locales peligrosos, para que con ellos se extremen las precauciones. Su mayor peligro está en la aglomeración de que antes hablábamos; peligro, para desgracia de los empresarios, tan poco frecuente. Y, dados la aglomeración y el peligro, sin la serenidad y cordura del público todas las seguridades y precauciones son inútiles. Alocado por un peligro, real ó imaginario, el público, tanto vale una puerta como dos docenas, si todos quieren escapar por la misma.
Un teatro como la Zarzuela, reedificado con materiales modernos, puede ofrecer la suficiente seguridad, en lo humano, sin la condición dificultosa de las cuatro fachadas. Con una buena, y con vistas al verdadero Arte nacional, podemos contentarnos. Cuatro tiene el teatro Real, propiedad del Estado, y de ellas, tres dan á Italia, una á Alemania... y la ópera española en el sotabanco.
Si los trompis entre el boxeador negro y el blanco, con el triunfo del colosal negrazo por remate, no tuvieran su significación simbólica, sería para reir ó para indignarse, según temperamentos ó estado de fondos, la agitación promovida en los Estados Unidos á consecuencia de la interesante lucha. Pero ¡ay! que esa lucha entre dos campeones de las distintas razas puede ser mañana sangrienta lucha general de las dos razas. Es natural que el anticipo triunfal del negrazo les haya sentado tan mal á los blancos. Malo, si los negros dan en civilizarse; peor, si dan en dedicarse á brutos. Cultivando la inteligencia, aun podían tardar algunos años en igualarse con los blancos; pero si sólo cultivan los puños, pueden adelantarse en muy poco tiempo. Y si continúan pagándoles tan bien los puñetazos, reunirán muy pronto dos grandes fuerzas: los puños y el dinero. Confiemos en que algún gran banquero ó negociante de los Estados Unidos se dé buena maña para estafar al negro vencedor el dineral premio de su hazaña, y podremos afirmar todavía orgullosos la superioridad de la raza blanca.
En esto de las barbaridades nacionales sucede como con los vicios y las ridiculeces: las peores son las de los otros. Para el aficionado á toros no hay nada tan estúpidamente cruel como una riña de gallos, y viceversa; nosotros nos escandalizamos ante los boxeadores, y por ahí se espantan de nuestras corridas de toros. De esa diferencia de apreciaciones viven los moralistas, mientras el mundo vive de la precisa moral que le basta para no concluirse, que es á lo que se tira, y vamos viviendo. Los artistas han convenido en que lo más pintoresco y característico de cada pueblo es la roña, sea material ó espiritual. Extasis ante unas piedras viejas, transporte místico ante una capa parda, deliquio supremo ante una salvajada con mucho carácter. Que tienen mucho carácter suele decirse de los que lo tienen malo. En los pueblos es lo mismo que en las personas. ¿Un pueblo de mucho carácter? Ya saben ustedes lo que les espera: comer mal, dormir peor y alguna pedrada. ¡Oh! ¡Pero cómo perdería carácter si la civilización descolorida y niveladora llegara hasta allí!...
Por fortuna, hay carácter para mucho tiempo en todas partes, y no somos nosotros de los menos favorecidos.