Esta eterna lucha entre un Arte que prefiere para su inspiración lo característico tradicional, como si quisiera perpetuarlo, á despecho de la misma vida, con un Arte, por más atento á nueva luz quizás mas desorientado, sostiene y sostendrá por mucho tiempo en interesante actualidad la llamada «cuestión Zuloaga». Sobre ella, como toda gran obra de Arte, camino de esa eterna actualidad que se llama inmortalidad, está la obra del pintor insigne, cuya gloria nada puede temer de las discusiones. Pero entre el Arte que nos dice: «Esto ha sido», y aun el que nos dice: «Esto es», y el Arte que nos dice, visionario y profético: «Esto será», si los dos pueden ser igualmente admirables como Arte, como obra social, ¿cuál será preferible? Sí; aun hay otro más admirable y fecundo: el Arte todo voluntad, todo acción, de la voz creadora, como voz de Dios, la que sabe y puede decir: «¡Sea!»


XXIV

Ha sido un brillante torneo oratorio, más cañas que lanzas, la contestación al Mensaje de la Corona. Como sucede tantas veces en estas discusiones, los árboles no han dejado ver el bosque y las frondas y floreos oratorios no han dejado oir la contestación al Mensaje, que, siendo de lo que debía tratarse, es de lo que menos se ha tratado.

El Gobierno ha podido decir en esta ocasión: «A salvo está el que repica». Los tiros más certeros han pasado sobre su cabeza para ir á caer sobre los conservadores. Sólo algún ligero achuchón ha menoscabado su flor de azahar. Si los obispos, los rifeños y los huelguistas no se alborotan demasiado durante las vacaciones, tenemos virginidad hasta la reapertura del Parlamento.


Un corresponsal en Madrid del periódico parisiense Comedia, á propósito de una velada musical celebrada en el Ateneo, en que, según parece, se aplaudió mucho la música española y no tanto la francesa, se lamenta de la creciente galofobia de los españoles. Una distinguida dama francesa me escribe quejándose de lo mismo; dice que ha ido coleccionando en estos últimos tiempos infinidad de textos de escritores españoles, patente muestra de nuestra animadversión hacia los franceses. Tal vez sea muy voluminosa esa colección de recortes galófobos; pero; ¡vamos! que si algún español se hubiera entretenido en anotar y recortar textos franceses en que se nos ridiculiza, zahiere y calumnia... sí que hubiera levantado un buen proceso.

La imaginación de los franceses ve enemigos y espías por todas partes.

No es para tanto nuestra supuesta galofobia. De esos mismos escritores, citados por mi quejosa dama, podría yo recordar grandes elogios y ditirambos de admiración por Francia y por los franceses. Yo mismo he defendido el Chantecler, como verdadera obra de arte, del injusto desprecio con que fué tratado por el público madrileño. Y hay que convenir en que las más violentas y despreciativas críticas vinieron de París. En más de una ocasión he defendido también á la mujer francesa en general, y á la parisiense en particular, de las calumnias de sus mismos novelistas y autores dramáticos. ¿Son también galófobos? Sabido es que el batallador Brieux escribió La francesa para protestar contra esa falsa atmósfera creada á la mujer por una literatura más literaria que verdadera.