Cierto es que las censuras del extraño molestan más que las del compatriota, pero no se dirá que aquí hemos llegado nunca á la intervención enojosa ni á la invención sin fundamento.

Por mucho que digamos, cronistas y escritores de costumbres, de los extranjeros, más decimos de nosotros mismos. No podrá acusársenos de parcialidad ni apasionamiento. Tal vez pequemos de exagerar nuestros defectos y debilidades, y acaso demos con ello lugar á que el extranjero los agrande y divulgue, por aquello de: «¡Cuando ellos lo dicen!...» Por lo demás, censuremos á propios ó á extraños, loca vanidad sería la del escritor que creyera en la eficacia de sus censuras. Como dice Regnard—ya ve usted cómo conozco y admiro á sus clásicos:

En vain contre les moeurs la raison vous irrite;

Par quatre mechants vers, peut-etre déja dits,

Croyer vous changer l'homme et redresser Paris?

Y quien dice París, dice el mundo entero.


Todos los años, al terminar el concurso para adjudicación de premios en el Conservatorio de París, vuelve á plantearse la discusión sobre las reformas necesarias, tanto en el sistema de enseñanza como en el de concursos. Y de nuestro Conservatorio, ¿no podía decirse algo? Nada entiendo de música y no seré tan atrevido para despeñarme por el disparate libre, en cuanto á la enseñanza musical se refiere. Doctores, licenciados, y aun bachilleres, tiene la Iglesia que sabrán solfear y armonizar donde hiciere falta.

Pero la enseñanza de la mal llamada—es decir, por desgracia, bien llamada—declamación, no puede ser más deficiente. A gritos, más ó menos declamatorios, está pidiendo una reforma. Cualquiera es buena; desde la radical de la supresión, por inútil, hasta una nueva y completa organización, con vistas á la utilidad y mejor aprovechamiento del dinero; supongo que poco, pero hasta ahora mucho, por mal empleado.