En la sala de recreo.—Entre dos amigos:
—Toda la noche estoy perdiendo. No acierto una. (Galante.) Voy á hacer el juego de esta señorita, que tiene mucha suerte.
El amigo (aparte).—Se va á enfadar el señor de enfrente.
—¿Por qué?
—Porque el verdadero juego de esta señorita es... «timarse» con él toda la noche.
XXIX
Si en la mesa y en el juego es donde mejor se conoce, según dicen, la educación de las personas, en las calamidades es donde mejor se revela la cultura de un pueblo. Los aldeanos de Rusia y de Italia que, ante la invasión del cólera, renuevan episodios de las más terribles pestes de la Edad Media, con sus terrores, sus supersticiones, su desconfianza en la ciencia y su fe en cualquier brujería, nos dicen claramente que hay en las naciones modernas, aunque los salven trenes y automóviles, menos kilómetros de distancia de la civilización á la barbarie que siglos en la historia de la humanidad. Unas horas de camino valen por muchos libros de historia. Sin andar mucho, no es difícil encontrarse todavía con el hombre de las cavernas. Cuando el cantor de la civilización está más ilusionado, creyendo que ya sólo es cuestión de expulsar á los frailes y, dos ó tres pasitos más por este orden, para llegar á la reconquista del Paraíso terrenal... ¡cataplum! por donde menos se piensa, un retroceso al salvajismo, que si no destruye de golpe, deja por lo menos tambaleándose lo mejor de nuestras ilusiones.