Si, ante la armoniosa serenidad de la Naturaleza, pensaba el poeta Wordsworth tristemente en lo que el hombre ha hecho del hombre, con más razón puede pensarse ante cada una de estas conquistas de su inteligencia, que debieran significar amor y significan odio. Las aclamaciones de Francia á la gloria de sus aeronautas no son un saludo á la Humanidad, ofrecimiento de la buena nueva; son un reto á Alemania. Para satisfacción del orgullo de raza no les basta con la revancha espiritual; es preciso la material revancha. Nada vale el aeroplano si no es símbolo del águila imperial, invencible y amenazadora, sobre los aires. Los alemanes pondrán toda su inteligencia en lograr nuevas perfecciones en los aeroplanos. El odio también es fecundo. Y, por el afán de conquistar la tierra, llegaremos á la conquista definitiva del cielo. ¿No es esta toda la historia de la Humanidad?
Cristóbal de Castro se lamenta y nos culpa porque entre tantos escritores españoles como hemos visitado la República Argentina no hallamos logrado obtener lo que monsieur Clemenceau en una sola visita: un tratado de propiedad literaria con aquella República. Supone Cristóbal de Castro que hemos sido unos egoístas, más atentos al lucimiento y al provecho propios que á la general conveniencia. Conste que sólo me creo aludido por haber estado en Buenos Aires, no por alturas de dramaturgo que el Sr. Castro compara con las del Himalaya. No; por mi parte, Cerrillo de los Angeles, y gracias. Nuestra pobre tierra no consiente mayores alturas; y si alguien pretendiera locamente levantarse hasta ellas, no tardarían en hacerle polvo; y como, al fin, en eso hemos de parar todos—Pulvis eris, etcétera,—¿qué más da un poco antes que un poco después?
No tiene en cuenta Cristóbal de Castro que nuestra misma condición de interesados nos obliga á no parecerlo. Monsieur Clemenceau, que podrá ser escritor insignificante, pero que tiene gran significación política—y no todo ha de ser literatura en el mundo,—podía con mayor desinterés particular entablar esas negociaciones. Además, todos sabemos, aunque nos pese, que un político goza de mayor prestigio entre los políticos que un escritor, por grande que sea. Yo de mí sé decir que ni saludé al presidente de la República, ni traté con ministros, ni lo procuré tampoco. Fuí de viajero, no todo lo ignorado que yo hubiera querido para volver ignorando menos. Así y todo, vi lo bastante para no quedar muy ilusionado con las ventajas de un tratado de propiedad literaria. No es aquello la mina inexplotada que muchos creen. Poco se lee en España, pero allí se lee menos. Existe, como en todas partes, el núcleo intelectual al corriente de lo más «nuevo», no siempre lo más interesante, que se publica. Hay afán—no es lo mismo que amor—por la cultura. Una cultura sin agrado, por aquello de «hay que saber»; no porque gocemos con saber. Pero público, lo que se llama público de lectores... En primer lugar, hay poca gente desocupada, desde las señoras y señoritas que leen novelas francesas, inglesas: las inglesas para imponerse en el idioma; las francesas porque... ¡cómo ha de ser! son más entretenidas para el que lee por distraerse que ningunas otras. De lo español se lee... lo que debe leerse, ni más ni menos. Hay que convenir en que libros muy interesantes para nosotros, á pesar de su mérito no pueden interesar allí en absoluto. No es culpa de los autores; es culpa del ambiente. En cuanto á ediciones de libros españoles publicados allí, se ha exagerado mucho. Saldrían más caros. Con decir que la mayor parte de los autores argentinos edita sus libros en París ó en Madrid... Algo más podía venderse, desde luego, con una activa propaganda por parte de nuestros editores; pero con tratados ó sin ellos, sería lo mismo. Por lo que al teatro se refiere... ¡ay! tampoco es la tierra de promisión. Alguna obra de género chico llega á un crecido número de representaciones—nunca tanto como en Madrid.—En cuanto á las obras grandes, con excepción de alguna de autor nacional, como las de Laferrere, con su media docena de representaciones van muy bien servidas. El Odeón, en donde representan María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, vive del abono aristocrático en los días de moda. En los días quebrados hay sus medias entradas y sus vacíos, como en cualquier teatro de por acá. Los demás teatros están á precios reducidos: tres pesos, dos pesos la butaca. Y como el peso, aunque suene á duro, representa allí lo que nuestra peseta, resulta que el teatro es allí más barato que en España. Todos conocemos á los empresarios y actores que se han hecho ricos por aquellas tierras. La compañía de Serrador representa todas las obras extranjeras, sobre todo francesas, estrenadas. Es la compañía de más extenso repertorio. Las traducciones se pagan á tanto alzado, y, naturalmente, no se pagan derechos de traducción. Con el tratado con Francia... no se representarán tantas obras francesas, y eso iremos ganando... espiritualmente. Bien estaría el tratado... por decoro suyo, más que para provecho nuestro. A los políticos corresponde negociarlo. A los escritores nos sienta muy bien el desprendimiento de los bienes terrenales.
Del veraneo.—En el Casino:
—Oye: ¿tú sabes quien es esa rubia que va todas las noches con ese extranjero?
—No sé; pero me la encuentro en todas partes. El año pasado, en Niza, con un ruso; después, en París, con un americano; luego, en Ostende, con un turco. En Biarritz con un inglés, y aquí con este que parece alemán... Debe ser mujer de historia.
—Y de Geografía, por lo visto.