Entre los chismes teatrales, precursores de toda temporada cómica, el más sabroso es, sin duda alguna, el referente á la rescisión del contrato del teatro Español, solicitada por varios concejales y fundada en supuesto incumplimiento de algunas bases. Muy loable es el celo del Municipio en esta ocasión, y no me atrevo á calificarlo de excepcional porque supongo le aplicará con el mismo rigor á todos sus contratistas. Pero en este asunto del teatro Español no parece que las raspaduras al contrato hayan sido de tanta monta en la temporada última como en otras de mangas y capirotes, con mensaje final de gracias y todo, de parte del Ayuntamiento complacido. ¿Qué puede decirse? ¿Que las obras del teatro antiguo no fueron presentadas tal y como se escribieron? ¿Tanta prisa corre desacreditarlas? ¿Que no todas las obras clásicas representadas fueron precedidas de una conferencia, como se había ofrecido? Y ¿para qué vamos á engañarnos? Eso de las conferencias es molestar á los vivos sin honrar gran cosa á los muertos. Lo cierto es que la temporada, contra los pronósticos de muchos, fué provechosa y brillante. Téngase en cuenta que el teatro fué adjudicado con sólo un mes de anticipación á su apertura; cualquier falta sería muy disculpable en esas condiciones. Fueron estrenadas obras muy estimables, decorosamente presentadas; entre ellas, Casandra, con la que no se hubiera atrevido ninguna otra empresa de las de abono aristocrático. Bueno fuera que, después del gran servicio prestado á la causa democrática con las representaciones de dicha obra, pudiera decir la empresa, con un Ayuntamiento tan republicano y tan socialista, que así paga el diablo á quien bien le sirve. Fueron también representadas obras de autores jóvenes, como López Pinillos y los hermanos Cuevas; Borras obtuvo grandes triunfos en obras de muy distintos géneros. ¿Qué más puede pedirse? Mi opinión no puede ser más apasionada. Ni allí estrené obras, ni he de estrenarlas en esta temporada, ni la compañía cuenta con muchas obras mías en su repertorio. Pero bien está San Pedro en Roma—con Merry y todo,—y bien están la Cobeña y Oliver en el Español mientras más desapasionada. Ni allí estrené obras, ni he de estrenarlas esta temporada, ni la empresario dispuesto á realizar maravillas de arte, dígase con franqueza y rómpase el contrato, sin buscar más pretexto ni fundamento que la municipalísima gana. Pero si no es así, y cuando apenas falta un mes para comenzar la temporada, deben moderarse los impacientes y templarse los rigurosos.
Y aunque en algo se hubiera faltado al contrato, recuerde el Municipio, al tratar con sus contratistas, las sentidas palabras que pronuncian los reyes en el indulto del Viernes Santo, y digan parafraseándolos: «¡Los perdono para que Madrid me perdone!»
El correo nuestro de cada día nos trae ruegos y peticiones—diríase el conde de Casa Valencia en el Senado.—Diga usted esto, hable usted lo otro, proponga usted lo de más allá... No, mis amables sugeridores; es muy desagradable el papel de soplón y «acusica», y no es cosa tampoco de que el cronista ande hecho siempre un guardia de policía urbana. En España todo se espera y para todo se confía en el Gobierno y en la Prensa, sin perjuicio de achacar á uno y otra, según sopla el viento, la culpa de todos los males. Con el sufragio universal y el voto obligatorio, todos tenemos nuestros diputados y nuestros ediles á quien dirigir peticiones y quejas. Sin contar con que todos tenemos en la lengua un rotativo de tirada ilimitada. Esto de servir de libro de reclamaciones sólo ocasiona disgustos y antipatías. Además, cuando cree uno haber complacido á la generalidad, haciéndose eco de sus pretensiones, como estamos en época de espíritus originales y hay que distinguirse á todo trance, saltan en seguida los ofendidos en su originalidad. Quéjanse unos vecinos de que en su calle hay un charco, foco de infecciones; y cuando se consigue llamar la atención á quien corresponde para que desaparezca el charco, no falta un vecino que salga protestando; porque, miren ustedes por dónde, aquel charco era todo su encanto y, como dice la copla, el espejito en que él se miraba. Y en todo, por este orden. Ya ven ustedes: ahora resulta que la Biblioteca Nacional era un modelo de organización y es gana de chinchorrear el proponer mejoras. Por mi parte todo está bien. Así como así, entre personas, animales y cosas, harán docena y media las que me interesan particularmente. ¡Y comparándome con la mayoría de las gentes, me tengo por altruísta!
XXVIII
Es peligroso entregar juguetes á los hombres. Los chicos se contentan con destrozar el juguete, manifestándose como grandes protectores de la industria y del comercio. Pero los hombres sólo gozan pensando en lo que podrán destrozar con el nuevo juguete.—Ahí tenéis un nuevo explosivo—se les dice—para que voléis montañas que separan á unos pueblos de otros y podáis comunicaros y relacionaros con ellos más fácilmente... Y para volar edificios y pueblos enteros—responden y piensan.—Ahí tenéis el automóvil: utilidad, ilustración, higiene y recreo. Y emocionante peligro y satisfacción de la vanidad y atropellos, y caiga el que caiga.—Ahí tenéis el aeroplano, el más glorioso triunfo del hombre sobre la materia. ¡Qué servicios puede prestar á la civilización y al progreso! ¡Y sobre todo en la guerra! ¡Podremos aniquilar ejércitos enteros; seremos invencibles!