El espíritu público es infantilmente novelero; agradece cuanto le divierte, le conmueve, le apasiona y hasta le atemoriza por unos días; pero no conviene pretender usufructuar su atención durante mucho tiempo. Hay que evitar la frase desdeñosa, muestra inequívoca de su desvío: «¡Ya es una lata!» Todo esfuerzo para reconquistar después la atención es en vano. Aun los espíritus que se juzgan más inquietos tienden á la quietud y, más que los accidentes que alteran la monotonía de su vida, agradecen esa misma monotonía, que justifica mejor sus lamentaciones, por verse obligados á soportar una vida sin accidentes y sin inquietudes.
Los huelguistas de Bilbao no han tenido en cuenta, al ejercitar su propia resistencia, la escasa resistencia de la atención pública. ¿Es que no se iba á hablar de otra cosa durante el verano? Es mucha pretensión. Por el pudor de los contrastes, teníamos olvidada á la mejor sociedad que veranea y luce por esas playas sin otra esperanza de mejor recompensa que nuestra envidiosa admiración. Dejen, dejen ya los huelguistas su triste papel de aguafiestas ó acabarán por perder hasta la simpatía de los más sentimentales. Las bellas y elegantes damas ya no dirán: «¡Pobre gente!», los gobernantes empezarán á juzgaros como perturbadores, el honrado comercio os culpará de sus pérdidas, molestaréis á los buenos aficionados á toros. Recordad la frase de Shakespeare: «¡Qué hermoso es tener las fuerzas de un coloso y no usar de ellas!» Vosotros diréis que, por ahora, son los patronos los que tienen esa fuerza y ellos son los que mejor pueden aplicarse la frase.
El verano es la estación de los milagros financieros más sorprendentes, por venir después de los milagros del invierno, ya bastante incomprensibles. No es extraño que viaje mucha gente; pero ¡alguna!, ¡tanta! ¿No podrían hacer el favor de comunicarnos el secreto, como esos filántropos que ofrecen un remedio maravilloso con sólo enviar un sello para la contestación? ¿De dónde saca el dinero mucha gente? El viajar cuesta cada día más caro; los multimillonarios americanos, al desperdigarse por este viejo mundo, han vuelto locos á los hosteleros, alquiladores de coches, sastres, modistas, joyeros y toda clase de comerciantes en frivolidades. Regiones tranquilas, como la pastoral Suiza, famosa antes por sus razonables precios, se han puesto, con la invasión de los dollars, por las cumbres de sus montañas. De Francia, de Inglaterra, de Bélgica, no hablemos. En los hoteles todo es extraordinario; en los trenes, lo mismo; en los espectáculos, no se diga; en cualquier barraca más ó menos decorada con los sonoros títulos de Kursaal, Music-Hall, Luna-Park, etcétera, cuesta la entrada tanto como costaba en otros tiempos oir á la Patti ó la Lind; eso la entrada, que, después, entre guardarropa, programa, propina por aquí y socaliñas por todas partes, con sacar dinero durante el espectáculo no hay tiempo ni manos para aplaudir, por mucho que nos complazca. Y donde no han llegado los americanos, los presienten. Han llegado los automovilistas, que es lo mismo para los efectos de ir soltando dinero con bocina. ¿Dónde están ya aquellas Arcadias veraniegas que hicieron las delicias de nuestros abuelos y adonde llegaban los aldeanos, como los pastorcillos de Belén, á ofrecer al forastero toda clase de caza y pesca, huevos y laticinios, frutas y hortalizas, por lo que tuvieran voluntad ó algo menos? Verdad es que entonces sólo veraneaban las gentes en mediana posición. Los ricos se recogían en sus fincas de campo ó casas solariegas... Pero ahora los que viajan y corretean por el mundo son los que no tienen mucho dinero y los que no tienen dos pesetas, que, naturalmente, son los que dan menos importancia al dinero. Así lo han puesto todo imposible para las personas modestas. Ya es triste vivir; pero viajar sólo con lo preciso, es verdaderamente vergonzoso. ¡Eche usted lujo! Menos mal que, si por cada dos familias hay una que se arruina, por cada tres hay algún miembro dedicado á la usura, que, después, por combinaciones de herencias ó de matrimonios, vuelve á hacer la felicidad de dos familias. En el mundo no se pierde nada. Donde se hunde una casa suele levantarse una manzana. Es toda la amable filosofía de muchos veraneos incomprensibles.
XXVII
Nunca ha justificado una Exposición su nombre como la de Bruselas. ¡Vaya si ha sido exposición! Era lo único que necesitaban las Exposiciones para acabar de desacreditarse. Los que de cualquier suceso casual deducen rotundas afirmaciones, no dejarán de categorizar toda Exposición entre los grandes peligros. ¡No más Exposiciones! Siempre nos sucede lo mismo, ahora que andamos en Madrid preparando una, al cabo de los años. Los mayores progresos son atrasos cuando llegan á nosotros. ¡Es mucho sino! Implantamos instituciones, leyes y reformas cuando están desacreditadas por esos mundos. Venimos á ser las Américas de Europa—en el mal sentido de la palabra Américas.—Verán ustedes; ahora que hemos dado en irreligiosos, es cuando la religión está más á la moda en todas partes. En los Estados Unidos se hace gran consumo; en algo se ha de conocer el dinero. Con eso y con que el mejor día empiecen á encargar Comunidades desde el Japón como antes encargaban acorazados... Y es que no debe desecharse nada; todo debe conservarse, como los sombreros de copa; las modas vuelven cuando menos se piensa. ¿Creen ustedes que no volveremos á ver miriñaques?
Algo significativo es que el incendio de Bruselas haya respetado la instalación de España. El fuego no es rencoroso. ¡Buena ocasión para haberse vengado de las muchas hogueras por nosotros encendidas en Flandes! Hogueras con las que pretendimos prolongar el ocaso del sol, que se ocultaba ya para España en aquellos dominios... En Flandes se ha puesto el sol. ¿No es verdad, amigo Marquina? Pero antes ¡cómo pusimos nosotros á Flandes!
Ahora ha sido la electricidad el Felipe II. La civilización es también un gran tirano. Ello es que los buenos flamencos, por no perderlo todo, se aprestan á reedificar lo destruído; y, si no les fuera posible, ya ponderan como gran atractivo la contemplación de las ruinas. Acaso tengan razón. ¡De tantas cosas, lo mejor es las ruinas! Sólo que las ruinas de los edificios modernos suelen llamarse escombros. Para ser admirado como ruina hay que haber tenido vida durante mucho tiempo. Esta consideración es de mucho consuelo para algunas naciones y para muchas señoras.