Son tantos los jóvenes de todas las clases sociales á los que oigo lamentarse de continuo: «¡Si la Biblioteca estuviera abierta por las noches!» ¿Será más difícil que abrir un nuevo cine?
Estamos de una castidad escandalosa. ¡Si todo fuera virtud y no falta de dinero! Nada menos que ola hay quien llama á la docena de novelas, algo subidas de tono, que se publica por término medio un año con otro. No es para tanto, y hay que confesar que, hasta ahora, la ciénaga es muy vadeable. Como sucede siempre, los mejores propagandistas del género son los escandalizados, que vienen á ser los verdaderos escandalizadores. Lo malo es que hay quien no distingue y confunde las obras esencialmente pornográficas con otras muy estimables en que la pornografía es sólo un accidente artístico y necesario.
Con la reputación de las novelas modernas es imposible acompañarse de ellas para lectura de viaje, de playa ó balneario. Y es lástima; porque no hay nada como un libro para iniciar una conversación, y con una de estas novelas siempre hay tema indicado.
Las preferencias literarias, cuando son sinceras, y cuando no lo son, doblemente, nos abren de par en par á nuestro interlocutor ó interlocutora. Con una viajera que haya leído ciertos libros, se puede hablar de todo. Si ha leído los de Felipe Trigo... pues no hay más que hablar. Si ha leído á Gabriel D'Annunzio... más vale callarse; ella se lo dirá todo. Desconfiad de las señoritas que leen la «Biblioteca Rosa» en público; son las mismas que tienen empezada una labor desde hace cinco años y sólo dan puntada cuando hay visita de novio probable.
¡Ah! Cuando regaléis un libro á una joven, que sea un libro que pueda interesar á su mamá ó á su institutriz.