El Estado sólo tiene un nombre terrible y amenazador para estos pueblos: el Fisco. Faltan carreteras y caminos vecinales, faltan escuelas, falta higiene, falta policía; pero el Estado exige siempre: es la quinta, es la contribución con sus apremios y sus embargos y la miseria y la ruina...
Llega el Fisco implacable á coronar el trabajo de la penosa recolección. El que nada dejó, se lo lleva todo. ¿Llamaremos también á estas madres, llorosas por el pan de sus hijos, Casandras de pan llevar? Por fortuna, aquí no amenazan... todavía. Pagan, como trabajan y como viven, resignados. Hasta la fuerza necesaria para cobrar lo debido le es barata al Estado.
Nos asustamos una vez al año de lo que sucede siempre sin que nadie se asuste ni lo advierta. Los buenos burgueses disfrutan de su veraneo protegidos por los mausers. Los fusiles protectores y la protesta amenazadora están ahora á la vista y frente á frente. Pero ¿es nunca otra cosa? Ese el estado natural y permanente de esta sociedad humana. Por suerte de los buenos burgueses, la carlanca basta para que unos cuantos lobos desconozcan á sus semejantes y se crean perros al servicio del amo. ¿Qué piden los huelguistas? Gollerías, de seguro; puede que hasta quieran veranear.
El Estado permanece neutral, no cruzado de brazos, sino armas al brazo, que es una neutralidad especial. Su papel no es muy airoso. Me recuerda á un filosófico sereno que, presenciando á altas horas de la noche una acalorada disputa entre una Venus y un Marte, por no sé qué tratos y contratos amorosos, sólo les aconsejaba paternalmente á la luz del farol colgante de su chuzo: «¡Arreglarsus, chicos, arreglarsus!»
Emilio del Villar, desde las columnas de Nuevo Mundo clama una vez más—esperemos que no siempre sea en vano—contra lo que pudiéramos llamar obstáculos tradicionales de nuestra Biblioteca Nacional. Defendida como fortaleza contra los naturales ataques del ansia de cultura y el deseo de ilustración, el denodado asaltante es tratado como enemigo, sin consideración alguna. Hay que terminar de una vez con tanta rutina y tanta corruptela. ¿Qué significa eso, en pleno siglo xx, de dividir las obras en obras de estudio y en obras literarias? ¿Y el ocultar los índices, como nefando secreto, y las malas caras y los peores modales?...
Ahí tiene ancho y fácil campo donde laborar el ministro de Instrucción pública, con aplauso de todos y sin gravar el presupuesto. Las buenas maneras van baratas. Y ahora que una Sociedad bienhechora nos abarata la luz, ¿no será hora de que la Biblioteca esté abierta por la noche? Más se conseguiría con esto, en bien de la cultura y de las costumbres, que con la creación del Teatro Nacional, por ejemplo. Pero modernícese esa Biblioteca; sea un verdadero salón de lectura á la moderna: con periódicos, revistas; todo asequible, todo fácil...
¿Falta personal y al existente sería injusto pedirle más horas de trabajo? Yo sé de muchos señoritos, tan intelectuales como desocupados y aburridos, que con mucho gusto prestarían servicio voluntario, con el mayor gusto y no menor inteligencia. No es menos glorioso ser soldado de un ejército de paz y de cultura, que serlo en el campo de batalla.