XXX

No sería malo que en los dramas de la vida, como en los del teatro, pudiera alguno de los actores dirigirse al público, como era uso y costumbre, para suplicarle que reservara su juicio hasta el final de la obra. Con la diferencia de que la vida, en sus dramas y en sus novelas, lo primero que nos ofrece es el desenlace, y, al contrario que en el teatro y en los folletines, el interés no está en saber cómo acabará aquello, sino en cómo habrá empezado. La solución es el principio del problema. Los antecedentes es lo que importa. Pero si el que más y el que menos, uno por uno, somos todo curvas, en cuanto nos reunimos como espectadores no entendemos más que de rectas. Para bueno ó para malo, el público sólo comprende los caracteres de una pieza, como suele decirse, que respondan á una lógica teatral y novelesca. Pero ¡ay! que la lógica de la vida, en su aparente complicación, es mucho más sencilla. Los locos y los héroes saben solamente de líneas rectas. Los demás vamos serpenteando por caminos de luz unas veces, de sombra otras; el que parecía más obscurecido, resplandece de pronto; el que iba como vestido de sol, se pierde en la sombra. Y todo sin pizca de lógica. Esa lógica que necesitamos para explicarnos satisfactoriamente las acciones... de los demás. Pero ¡ay tantas lógicas! Los maridos calderonianos matan, celosos de su honor. Seguros de la virtud de su esposa, les basta con que alguien pueda poner sospecha en ella, para condenarla á muerte. A Otelo, más humano, nada le importaría que todos sus soldados hubieran compartido el lecho de Desdémona, con tal de no saberlo. Es celoso por amor, y por amor mata. Hoy comprendemos mejor al moro de Venecia que al médico de su honra. La solidaridad del honor en el matrimonio y en la familia ha pasado á la historia, si es que alguna vez pasó de la poesía.

En aquella misma época, los escritores satíricos, más inspirados siempre en la realidad, nos muestran claramente que no todos los maridos eran médicos de su honra. Hoy nadie pone en duda que se pueda ser un perfecto caballero aunque se haya tenido la desgracia de casarse con una loca. Queda sólo la pasión de los celos como justificante de cualquier arrebato sanguinario. Y en esto el buen público es intransigente: pide unos celos... de una vez, sin blanduras, sin desfallecimientos, sin vacilaciones. No sabe comprender que el corazón se subleva en una hora contra lo que toleró muchos años; que se mata, se perdona, que se insulta y se besa... ¡Pobre corazón humano, sometido á esa lógica de espectador de teatro!

Ya se sabe que el público sólo juzga por sentimiento. Ni sería el más noble el de la ociosa curiosidad, si no llevara envuelto, aunque en menor grado, el de la justicia. Pero á éste, único respetable, sólo la justicia puede dar satisfacción cumplida. ¿Será mucho pedir al respetable público que suspenda su fallo hasta que la justicia dé el suyo?

Los supersticiosos no dejarán de apuntarse un tanto á su favor. Tres lidiadores del mismo nombre han sucumbido en las plazas; dos de ellos en circunstancias muy parecidas. Extraño es que la gente de coleta, que por más insignificantes agüeros suele preocuparse, no haya temido la fatalidad de ese nombre: Pepete. Verdad es que por si solo ya es un cartel. El torero que quiera llenar las plazas, no tiene más que atreverse nuevamente con el nombre fatídico. Un Pepete y seis Miuras, y á robar el dinero. Piénsenlo bien los postergados. Aunque más de uno ya lo habrá pensado á estas horas, recordando la filosófica sentencia: «Más cornadas da el hambre». Añádase á esto la emoción de quebrar juego, tan saboreada por los jugadores. Si es verdad que á la tercera va la vencida, ese nombre puede ser una seguridad. ¡A él, valientes! Ya veis lo que dicen los buenos aficionados. La corrida de Murcia se recordará siempre como un acontecimiento. Corridas así son las que sostienen el fuego sagrado de la afición durante muchos años. Harán bien las señoras católicas en no protestar contra ese espectáculo, como contra la política del actual Gobierno. El clericalismo, los toros, tienen intereses comunes. Vienen de lo mismo.


Escritores distinguidos lamentan, con sentidas razones, la decadencia de la literatura en el periodismo. ¿En el periodismo? Y en todas partes. La literatura está llamada á desaparecer, si Apolo (no el teatro) no lo remedia. El público tiene sus buenos dientes, y hasta sus colmillos bien retorcidos, y no necesita para nada de masticadores artificiales, que es lo que venimos á ser los literatos en resumidas cuentas. Ni siquiera nos consiente como cocineros, para aliñarle la realidad con un poco de fantasía. El se lo guisa y él se lo come, como Juan Palomo. Ha aprendido, se lo figura, por lo menos, á pensar por sí mismo, y no tolera que nadie se le imponga. Así, en el periódico, sólo quiere hechos, hechos como aquel maestro de Dickens. Informaciones escuetas, sin comentarios; noticias, telegramas... Ya lo comentará todo en el café ó en casa. Aceptemos la realidad, seamos modestos y agradezcamos todavía que nos consientan ir viviendo. Por mí sé decir que me avergüenza el dinero que cobro de la literatura. Quisiera ser muy rico algún día, para descargar mi conciencia devolviéndolo todo religiosamente. Sólo vale dinero lo que produce, á su vez, algún dinero. Y ¿qué produce la literatura? El periódico no se vende más por ella. El periódico... es él, es su nombre, sus informaciones, sus noticias, sus anuncios. ¿Qué supone para su venta y su ganancia una firma más ó menos? Es la firma la que goza del prestigio del periódico, no al contrario. Pruebe el escritor que se juzgue más leído á cambiar de sitio.