XXXV
Todas las huelgas mayores ó menores, tan menudeadas en estos últimos tiempos por todo el mundo, no son más que ensayos parciales de la huelga general que tendremos más tarde ó más temprano y quizás cuando menos se piense. Es difícil saberse poseedores de una fuerza y resistir al deseo de ejercitarla y de probar hasta dónde alcanza. Unase á esto la infantil curiosidad, poderoso móvil de tantas acciones humanas; el «¿A ver qué pasa?», capaz por sí solo á desafiar y arrostrar todos los peligros que puedan amenazarnos y todos los males que puedan sobrevenirnos.
Los síntomas son de que, tanto los amenazadores como los amenazados, unos por hacer alarde de su fuerza y otros de su resistencia, están deseando saber lo que pasa si la huelga general se declara. Tanto harán unos y otros que por fin se saldrán con la suya, y no tardaremos en enterarnos. ¡Triste tarea la de los gobernantes modernos, edificando sobre terreno movedizo, haciendo cuentas sin contar con lo imprevisto, previsores de guerras exteriores y sorprendidos por la guerra íntima! Y no hay duda: las huelgas son las guerras modernas, y de ellas deben preocuparse los Gobiernos más que de las dudosas conflagraciones internacionales. Las luchas futuras serán de clase, no de naciones. Un obrero chino será más compatriota de un obrero alemán que de un capitalista ó de un letrado de su nación. Un hombre de ciencia francés estará más cerca de un sabio japonés que de cualquier espíritu grosero entre sus compatriotas. Los espíritus se saludan por afinidades espirituales, no por la proximidad material. Como el beso de la dolora de Campoamor, injusticias y males repercuten muy lejos y unen en el mismo sentimiento de agravio y de dolor á los más distantes. Por eso los que aun crean que hay algo que defender, contra los que creen que todo hay que destruirlo, deben unirse espiritual y materialmente sobre naciones y fronteras; porque el enemigo está en todas partes. La idea de patria es valor que caduca, y pronto será tan anacrónico como el valor de las ideas religiosas. Razones sentimentales los sostendrán todavía sin virtud y sin eficacia. ¡Ay de los que no comprendan á tiempo la necesidad de sustituir esos valores por otros más eficaces para la defensa social! Suponiendo que la defensa social tenga valor alguno.
De las discusiones, protestas, querellas y disgustos promovidos por la distribución de premios en la Exposición de Bellas Artes, sólo puede deducirse una consecuencia: que las obras de arte no son para calificadas y premiadas como niños de colegio.—Por de contado que los niños tampoco debieran serlo como los cuadros en las Exposiciones.—¿Hay nada más ridículo? Fulanito, el primero; Menganito, el segundo de los primeros; después el segundo, el segundo de los segundos... ¿Hay quien crea que las obras de arte pueden calificarse tan rotundamente? ¿Se figuran ustedes el Museo del Prado sometido á una distribución de premios por el estilo? Y no vale argumentar con que el mérito extraordinario de casi todos los cuadros haría difícil la calificación; porque si es difícil calificar entre iguales por alto, tan difícil es calificar entre iguales por bajo. ¡Y no digamos entre medianos!
Se dirá que sin esa formalidad de los premios sería difícil conseguir el objeto principal de las Exposiciones, que es el de señalar al Estado los cuadros que debe adquirir, si la protección á los artistas ha de ser efectiva. Yo creo que con las manifestaciones del público y de la crítica bastarían para una razonable orientación. En todo caso, sería preferible el sorteo; todo menos eso de los primeros, los segundos de los primeros y el primero de los segundos. Ya sé que es muy humano y satisface mucho á los entendimientos mediocres eso de que nos lo den todo numerado por orden de mérito. Hay quien pregunta: «¿Qué obra de Shakespeare es la mejor? ¿Cuál es el mejor cuadro de Velázquez?» Y ¿qué pensarían ustedes del que se atreviera á señalar una sola obra de Shakespeare, un solo cuadro de Velázquez como superior en absoluto?
De cualquier modo, y aun aceptando como mal menor ó necesario la calificación y numeración por un Jurado inteligente, probo y sincero, como lo son todos los Jurados hasta el día, de la adjudicación de premios, bueno sería que los jueces se atuvieran al mérito de las obras, dejando fuera de juicio las tendencias, el procedimiento y los medios de ejecución de las mismas. ¡Bueno fuera que en un concurso de obras dramáticas, por ejemplo, entre una mala obra realista y una excelentísima obra romántica ó imitación de nuestro teatro clásico, se premiara la mala obra por parecer más de nuestro tiempo ó por antipatía de escuela! Si la emoción y el sentimiento que inspiran al artista son sinceros, ¿ha de censurársele porque aun pretenda espiritualizar su obra, desligándola del tiempo y del espacio? ¿Es tan pronto para renegar de una tendencia artística que es la mitad del arte moderno? Mæterlink, Ibsen mismo, en la dramática; D'Annunzio y Anatole France, en la novela; Puvis de Chavannes y los prerrafaelistas ingleses, en la pintura... ¿Y en música? Debussy va á inspirarse en la música griega, y ya no hay música bastante antigua que pueda servir de refugio á los que reniegan de la música moderna.
El Ayuntamiento, como el corazón, según los franceses, tiene razones que la razón no explica. Entre tres proposiciones para la concesión del teatro Español, ha votado por la que menos esperaba todo el mundo. El espectáculo ha sido edificante; solicitado el teatro por el Estado, el Ayuntamiento desestima su pretensión, le trata de tramposo y declara que no se fía de él para nada. «Dijo la sartén al cazo...» ¡Qué buen efecto producirán en el país pagano esta armonía de relaciones y esta confianza mutua entre el Estado y el Ayuntamiento! Si el Ayuntamiento desconfía del Estado, ¿qué haremos los demás mortales? El que quiere honra, que la gane. ¿No es eso? Aparte esta pequeña desconsideración al Estado y á las buenas intenciones del ministro de Instrucción pública, sabemos que el teatro Español está en buenas manos. Se trata de una empresa artística con orientaciones modernas, abierta á la juventud; como debe estarlo el teatro Español, de donde debemos alejarnos los autores viejos y cansados para dejar paso franco á los que llegan.