XXXIV
Ante el triunfo de la República en Portugal, yo no pienso en si será el camino más corto para apresurar la vuelta del dictador Juan Franco, ni en la suerte del rey joven, víctima del sino fatal de una familia condenada á ser eterno Tántalo de tronos y coronas. ¡Triste rey! Con las mejores intenciones y deseos, sin duda; pero al que nunca llegó la luz ni el aire de la calle, como á tantos reyes, sino al través de aduladores, de ambiciosos y de intrigantes. A los reyes modernos no les faltan bufones á su alrededor; pero entre sus cascabeles no suena el cascabel de oro de la verdad, como solía en los antiguos hombres de placer sonar atrevido sobre los donaires y las chocarrerías. Pero, ya digo, en nada de esto pienso: sólo pienso en la alegría de un poeta. ¡Qué feliz será á estas horas Guerra Junqueiro! Altísimo poeta, que has logrado lo que pocos poetas logran: ver realizado en la vida alguno de sus sueños; ¡que la realidad de esa República se inspire en tu poesía, oración á la luz, al pan, á los humildes de la tierra, al amor y á la Humanidad! Pero ¡ay, poeta! ¿No será la realidad el principio de la desilusión? Los hombres no se juntan para obras de belleza tan dócilmente como las rimas. Verdad es que cuando las rimas son bellas, es porque obedecen á un gran poeta, que es un dictador de genio.
Enrique Becque, el autor de La parisienne y de Los cuervos y de esos Polichinelas tan traídos y tan llevados en estos días, como Chantecler en los suyos, pasa por ser uno de los autores más desgraciados en su vida y sus obras. No lo creo yo así; antes me parece que ha habido pocos tan bien afortunados. Después de algunas obras insignificantes—un Miguel Pauper, que es un mal melodrama,—estrena La parisienne, que fué, en su estreno, lo que allí llaman un four y por acá un fracaso. Pero había que molestar á Sardou, á Dumas hijo, á los autores por entonces señores del teatro, y La parisienne fué obra de lucha, alrededor de la cual se agruparon todos los autores fracasados y todos los que ni fracasar habían conseguido. No había autor silbado que no se condoliera diciendo: «¡También fracasó La parisienne!» No había aspirante á autor que, al serle rechazada una obra, no pensara: «¡Es claro: como fracasó La parisienne, las empresas no se atreven con una verdadera obra de arte!» Llegó á imponerse una reaparición de La parisienne. Los actores que habían estrenado la obra no habían acertado con el carácter del personaje; ahora es cuando se iba á ver la obra. En efecto; la representaron la Réjane, después la Després, después ¡qué sé yo! La parisienne llegó á ser obra de concurso. La crítica ya no la discutía; daba por sentado que se trataba de una obra maestra, una obra clásica; el público se aburría siempre y las entradas no eran cosa mayor. En efecto; La parisienne, cuyo título ya es una calumnia que debiera ofender á las mujeres de París, no pasa de ser un buñuelo inflado; un asunto y unos personajes de comedianta, tratados con una prosopopeya y un empaque como quien dice: «Esto es ahondar en el corazón». Y toda la hondura es que una señora tiene tranquilamente un marido y dos amantes; para lo cual no hace falta ser la parisienne. En cualquier villorrio las hay más frescas y todavía dan menos importancia á esas alternativas.
Con Los cuervos, dos cuartos de lo mismo. Otra obra maestra para los juramentados y otra tabarra para el público. Los intérpretes siempre de víctimas, porque siempre consiste en ellos que las pícaras obras no acaben de entrar y de imponerse á la admiración. ¡Digo, á la admiración! ¡Obras más admiradas! Dígase ahora si autor que con ese bagaje consigue ser indiscutible, tener estatua, que todos los años le representen las dos joyas—y ¿qué será el día en que, hartos los empresarios de probaturas, renuncien á representarlas y sólo por fe se le admire? ¡Qué Molière, ni que Racine!—puede llamarse desgraciado. Yo no conozco suerte literaria como la suya. Para que nada le falte, es casi seguro que, por fin, no se representa Los polichinelass. Con lo que todos irán ganando: los empresarios, el público y la gloria del autor.
Apuntando, apuntando, como los de Lumbiaque templaban, á unas Asociaciones, el Gobierno ha disparado sobre otras. Mientras de una parte todo son mitins, aplechs, procesiones y rogativas—no sabemos por qué motivos, pues los más impacientes por determinadas medidas bien pueden decir, como el personaje de la comedia: «¿Dónde me han besado, que no lo he sentido?»,—sin ruidos y sin amenazas previas, todo el rigor ha venido á caer sobre las Asociaciones que pudiéramos llamar pecaminosas. Quedan disueltas las comunidades femeninas. Desde ahora cada mochuelo á su olivo y un solo mochuelo en cada olivo. Pero ¿habrá en Madrid bastantes cuartos desalquilados? Si agrupándose, para mayor facilidad de la existencia, ya no eran palacios las ordinarias viviendas de esas cofradías, ¿dónde irán á refugiarse ahora por sus pecados? Mal está el vicio en planta baja; pero mucho peor en guardillas y sotabancos. ¡Pobres mujeres! Se pretende librarlas de un mal y se las entrega, indefensas, á otros peligros.
El matonismo, el robo, hasta el asesinato, hallarán ahora más facilidades para hacer sus víctimas entre esas desventuradas. Se invoca el ejemplo de otras grandes capitales. Pero en otras grandes capitales esas mujeres gozan de cierta consideración social. Aquí, gracias que muchas juntas pudieran defenderse. Aquí, donde no se respeta á las mujeres honradas, ¿qué será con esas infelices? El chulo, lo mismo que el señorito, tienen por gracia maltratarlas, burlarse de ellas; la autoridad siempre está en contra suya. ¡Valor necesita aquí la mujer para ser mala! La asociación era para ellas necesaria. Sin contar con que la virtud, como la inteligencia, á sí mismas se bastan; pero los malos y los tontos son los que necesitan agruparse. ¡Consuela tanto ver otros peores y otros más tontos!