Sólo hablando cada uno con arreglo á su conciencia puede formarse la verdadera conciencia nacional; nacional, sin vistas á humanitarismos «inter» ó supernacionales. Nosotros no podemos permitirnos aún esos lujos. Eso, como los dramas de Ibsen, según Ramiro de Maeztu, es para los que ya tienen resuelto el problema de la mantenencia. Nosotros estamos en el caso de ir á buscarlo donde lo haya.


El chiste, la humorada, la ironía, la paradoja, la amenidad, todo lo que indigna á muchos graves varones al encontrarlo en artículos periodísticos, pueden hallarlo ahora nada menos que en un documento oficial; que como documento oficial puede considerarse la medalla acuñada para conmemorar el centenario de las Cortes de Cádiz.

Ustedes verán si no es humorismo el de la medallita. Por una cara ostenta las consabidas figuras alegóricas en toda su clásica desnudez, un par de mundos, que de entonces acá han venido á quedar en uno, y alguna otra friolera decorativa. Por esta cara nada de particular. Pero por la otra... ¿á quién sino á un gran humorista pudo ocurrírsele esculpir y grabar la dulce efigie de Fernando VII en un recuerdo de aquellas Cortes y de aquella Constitución que tuvieron en él su más encarnizado enemigo? ¿Qué puede hacer en esta galería aquel tan deseado antes como después aborrecido, sino dar que reir al discreto contemplador? Al que ni supo antes defender su trono ni después agradecerlo; al que volvió á llamar á los franceses para sacudirse de Constituciones y libertades; á uno de los más siniestros mamarrachos que han visto los siglos coronado, y abundan en la serie, ¿qué Shakespeare de la ironía ha sabido clavarle en la picota de esta medalla conmemorativa? No queremos sospechar en ello la menor sombra de adulación monárquica. Hay adulaciones ofensivas para la discreción de los que están demasiado altos, para no estar sobre tan burdas adulaciones. Preferimos atenernos al humorismo, tan desusado en gubernamentales esferas, donde toda seriedad y todo empaque tienen asiento. Pero el espíritu de aquel gran socarrón no habrá dejado de apreciar la ironía de este «trágala» póstumo. «Al que no quiere caldo, la taza llena». Al que que odió la Constitución, medallitas conmemorativas. La idea ha sido genial y merece el más sincero aplauso.

Terminó el preciso veraneo de los que no disponen de tiempo ni de fondos para mayores ausencias. Quede la otoñada para los que de todo disponen en abundancia y todo es veranear para ellos.

Vuelven tonificados por los baños de mar, de luz... y de ilusiones. El veraneo nos eleva siempre unos grados sobre nuestra ordinaria condición social. Las playas, los Casinos, los vestidillos claros y de telas ligeras son niveladores. Las amistades y los amores son fáciles, aunque ligeros como los vestidos. No suelen llegar al invierno. En Madrid vuelve cada uno á estar en su sitio. Ofrecimientos de amistad y juramentos de amor se olvidan apenas llegamos. ¡Felices los que logran conservar á la marquesa entre sus relaciones y la que no suelta al empleado con 3.000 pesetas de sueldo, que en San Sebastián parecían 20.000 de renta! Verdad es que allí también papá parecía un accionista del Banco. ¡Oh, sueños de una temporada de verano! Nunca muy costosos, que nunca se paga bastante un poco de ilusión y el hallar á la vuelta más sabroso el familiar cocido.

El Teatro Nacional va camino adelante. Ya sólo falta teatro, compañía y suponemos que no faltará dinero en el momento oportuno. Ahora, con toda seriedad. Dadas las condiciones del teatro en España, ¿conviene hacer del Teatro Nacional un teatro museo, sólo para la representación de obras consagradas, ó un teatro de ensayo, un teatro juvenil, para estrenar obras de autores noveles ó desconocidos? ¿Conviene formar una compañía de eminentes, ó una modesta, estudiosa compañía de conjunto? ¿Conviene que el teatro sea aristocrático, literario ó popular? Yo creo que todo es compatible y para todo hay días y para todo debe haber autores y actores. Ni debe prescindirse de la aristocracia, ni de la intelectualidad, ni del pueblo. Pongan unos el dinero, otros la orientación, otros el entusiasmo. Condición primordial: la baratura. No es solo cuestión de arte, es cuestión de higiene. No es en el terreno artístico, es en el terreno económico en el que hay que combatir contra la chabacanería y la suciedad de un teatro que mancha las bocas y las almas de los niños y de las mujeres. Es preciso que «la órdiga» y «el pálpala» no sean ingeniosidades de salón y bailar el garrotín una gracia infantil. Y es preciso que las mismas señoras que en el Español, en la Princesa ó en la Comedia se asustan por muy poco, no vayan después con sus hijos á la sección vespertina de cualquier teatrillo con el pretexto de que los niños se divierten viendo las decoraciones y lo demás... Ellos no lo entienden, los pobrecitos. ¡Ni á ustedes tampoco hay quien las entienda, señoras mías!