Yo sé de cierta junta de señoras, reunida en cierto palacio episcopal, bajo la presidencia del señor obispo; y como el buen prelado, con muy buenas razones, procuraba convencerlas de la imposibilidad de algo que ellas pretendían, en la ordenación de una festividad religiosa, una de las más voceadoras no sabía más que repetir: «Pues perdone S. I., pero siempre se ha hecho así, siempre se ha hecho así.» A lo que el prelado, bondadoso, replicó todavía: «En efecto, era un abuso tolerado; pero ahora Su Santidad ha dispuesto que no se permita.» «Pues que me perdone Su Santidad, pero á mí me parece un disparate»—fué la contestación. El buen obispo se quedó haciéndose cruces; por fortuna, las cruces de los obispos son de oro y piedras finas y suelen ser regalo de las mismas señoras que tanto les desazonan. Claro es que ellas lo pagan, pero como se abonan al teatro, para que las comedias no las molesten. Sí, ¡qué van ellas á pagar para oir cosas desagradables!

Por todo esto y otras cosas, verán ustedes cómo por muchos anatemas que caigan sobre la moda, como ellas se encuentren á su gusto, sobre sus monumentales sombreros se pondrán todavía la cúpula de San Pedro en Roma, por montera.


¡El 606! Parece el número del premio gordo en la Lotería de Navidad. No se habla de otra cosa. Hasta los niños han dejado sus charlas sobre el adulterio y otros sucesos de actualidad, para hacer toda clase de preguntas indiscretas sobre el numerito. Ahora nos enteramos de que hay más gente interesada en el descubrimiento de la que podía suponerse. El reuma que don Fulano, los dolorcillos de don Zutano y hasta el fueguecillo de doña Perengana, todas personas muy respetables. ¡Que el 606 ó el 909, según se lea por arriba ó por abajo, os sea propicio! Los médicos son el demonio: un castigo menos para contener á la Humanidad en sus depravaciones. Con el 606 y cualquier otro numerito por el estilo, esto va á ser el desate.

Admiremos á la clase médica, única en el mundo que trabaja en contra de sus intereses, suprimiendo padecimientos. ¡Si muchas otras clases sociales encontraran su 606, que nos hiciera innecesarios, ó simplificara, por lo menos, sus servicios!


XXXIII

Esto de las embajadas de moros parece la procesión del niño perdido; llegan unas detrás de otras, y ni el niño parece ni la madre del cordero, que este es el toque de la diplomacia morisca: que no parezca nunca nada de lo que se ha perdido. De modo que es muy posible que haya que ir á buscarlo, y allá iremos con nuestro duro á recuperar la peseta. Ante el peligro de posibles y desagradables discrepancias, llegado el caso, se invoca, para «hacer opinión», como suele decirse, el patriotismo de cuantos pueden influir sobre ella. Bien está si ello no puede ser por menos y se quiere que en su día sean muchos á repartirse las glorias ó las responsabilidades. No es como hacer propaganda de una Exposición ó de un viaje de recreo, cosa en que á todos se favorece y á nadie se perjudica.

Pero... pero en esta ocasión el que sinceramente y honradamente no crea en la necesidad ó en la conveniencia de nuevas demostraciones bélicas, mal haría en pactar con su conciencia por consideraciones dudosas. ¡Cualquiera sabe dónde está el verdadero patriotismo en estos tiempos! Eso sí; tampoco vale guardarse la malilla para salir después, si el asunto se tuerce, con aquello de: «¡Ya lo sabía yo! ¡A mí siempre me pareció mal; pero cualquiera va contra la opinión general!» Sobre que nunca hay opinión general y sobre que muchas veces la opinión y los que influyen en ella se engañan mutuamente por mutuo desconocimiento, y luego tenemos aquello de: «Yo hablé así porque creí que era la opinión de ustedes» y «Yo creí deber opinar así porque ustedes lo decían».