XL
La conferencia de Ramiro de Maeztu, en el Ateneo, ha sido, y será por muchos días, tema preferente de discusiones. Inequívoca señal de su mérito y de su importancia. Vibrante síntesis de nuestra vida nacional fué la conferencia; tal vez con más apasionamiento que serenidad; pero ¡dice tan bien un noble apasionamiento cuando de algo que mucho nos importa se trata! Quede la plena serenidad intelectual para cuando hayamos de ser árbitros ó jueces en extraños asuntos; pero ¿cómo no poner calor del corazón en asunto tan propio?
Fueron las palabras de Maeztu el mejor espoleo para los espíritus dormidos, tardos ó cobardes: el mejor lazo para unir á los que, despiertos y fuertes, malogran, no obstante, sus alientos en el soberbio individualismo solitario. A los españoles, más que á nadie, conviene tener presente aquel apólogo oriental en que un padre muestra á sus hijos cómo un haz de mimbres apretado no puede romperse y qué fácilmente se quiebra cada mimbre, separado del haz, uno por uno.
Aunque á ratos pudiera dolernos y aunque algo en el fondo de nuestra conciencia protestara, bien hizo Ramiro de Maeztu en cargar la mano sobre los intelectuales, ya que á ellos se dirigía desde la tribuna del Ateneo. Hubiera sido flaqueza impropia de su espíritu independiente y concesión que no hubiera admitido su auditorio, incurrir en la fácil complacencia de esos predicadores que truenan contra los vicios del siglo; pero tienen la dulce oportunidad de tronar contra los pobres en iglesia de ricos, y al contrario. Ellos no faltan á la verdad en ningún sitio; pero les falta la verdad del sitio, que es un modo de faltar á la verdad como si se mintiera.
Los intelectuales oyeron sus verdades, y muy duras verdades. Algo puede decirse, y alguien lo dirá, en descargo suyo. Ahora, justo es también que los obreros oigan las suyas, y las mujeres, y la aristocracia, y que las palabras de verdad no sean perdidas; porque palabras nos vienen de todas partes, pero ¿de dónde vendrá el ejemplo? ¿Qué serían los Evangelios sin Pasión y sin Muerte? Oratoria, poesía... bellas palabras.
El Manzanares es digno río de la capital de España. Como la vida española, no tiene término medio: ó no se le siente vivir, ó da fe de vida turbulenta. Los Gobiernos pueden aprender en los ríos el mejor modo de gobernar á los pueblos. Canalizar es la mejor política. En lo espiritual y en lo material, tan dañosa es la sequía, por infecunda, como la inundación, por destructora. La inundación siquiera, como las revoluciones, si destruye al pronto, tal vez fecundiza para más tarde. Pero ¡pobres tierras las que todo lo esperan de la inundación ó de las revoluciones! ¡Dichosas las que ven regar sus campos regularmente por encauzadas y tranquilas aguas!