XLIV

Un niño, por travesura ó por desgracia, cae en la fuente de una plaza pública y muere ahogado, bajo muy poca agua, en presencia de numerosos curiosos y de dos agentes de la autoridad, representación, no por modesta menos respetable, del Estado tutelar y protector. Sobre los dos infelices guardas han caído todo el rigor de los superiores y todas las recriminaciones de la opinión. El señor presidente del Consejo dijo muy bien que no debieran ser sólo los guardias los castigados. Pero aunque para el Código penal sean delitos las omisiones tanto como las acciones, ¿qué medio hay en la ley para hacer efectiva la responsabilidad de una multitud indiferente? Y si miramos á nuestra conciencia, ¿no hallaremos en la impune omisión de los curiosos, lo mismo que en la punible de los guardias, síntomas de un estado de conciencia social del que todos participamos? ¡Era tan poca el agua! El niño, sin duda, podría levantarse y salir por sí solo. Tal vez si alguien se hubiera precipitado á socorrerle los curiosos se hubieran reído al verle chapotear en el agua; el regocijo hubiera subido de punto si era uno de los guardias. ¡Qué escena de película cinematográfica! ¡Estamos tan hechos á reímos de los agentes de la autoridad en sainetes y revistas llenas de gracia! Como el salvamento se hubiera logrado á poca costa, ¡cuánto nos hubiéramos burlado del salvador, si hubiera pretendido hacer valer su pobre hazaña! ¡Salvamento de náufragos en el pilón de una fuente! Chistes, caricaturas, ingenio... Las tragedias son así: necesitan un final trágico para que parezcan tragedias. Cuando se empieza á morir, hay que morirse; de otro modo, ¿quién cree que era tanto el peligro? No culpemos demasiado á los espectadores y á los guardias, más temerosos del ridículo que de un remojón insignificante, ¡Los pantalones de la autoridad enfangados! ¡El uniforme prestigioso chorreando! ¿No tendremos todos en nuestra vida alguna culpable omisión de que acusarnos? ¿No habremos dejado también que alguna criatura, tal vez indiferente, tal vez querida, se haya ahogado ante nosotros, en muy poca agua, sin que nuestra mano se tendiera protectora, sin que diéramos el paso que corre á sostener, sin que de nuestros labios saliera la palabra precisa de compasión ó de esperanza? Agua ó llanto ¡parecían tan poco! Cuando el agua ó el llanto ahogaron, ya era tarde. El heroísmo pide grandes empresas: mares embravecidos, batallas, dolores trágicos. Ante el peligro de la fuente, ¿no es ridículo el gesto heroico? ¡El agua era tan poca! ¡Las fuerzas del niño eran menos! ¿Cuántas almas de niño no habremos dejado así ahogar, en muy poca agua, por no afrontar el heroísmo del ridículo? ¡Si diéramos siempre el paso que debemos dar! ¡Si dijéramos siempre la palabra que debemos decir!


La Academia de la Poesía se dispone á festejar el centenario de Cervantes, sin olvidar el de Shakespeare; pues tampoco los ingleses, según noticias, se olvidarán de nuestro manco, que no lo era para poder muy bien andar de mano con su contemporáneo glorioso. Aquí no puede decirse que baza mayor quita menor, y nunca estuvo tan en su punto lo de «región de los iguales».

Si atendemos al calendario parecerá que se toma con tiempo y que, del 1911 al 16, hay días sobrados. Pero el tiempo español, entre lo perdido y lo matado, y lo que se echa á perder y á morir, entre discusiones y discurseos, pasa sin enterarnos. La Academia cuenta con el apoyo de los Gobiernos. Digo de los Gobiernos, porque de aquí al 1916—perdone el Sr. Canalejas la desconfianza, que no es por él precisamente—¡sabe Dios cuántos Gobiernos se habrán sucedido! Es de esperar, no obstante, que todos se muestren por igual bien dispuestos á celebrar con todo esplendor y esplendidez tan señalada fecha. No es cosa de que se haga cuestión política, ni de que unos pretendan ensalzar á Cervantes por reaccionario y otros por liberal, y unos miren á Shakespeare como católico romano y otros le consideren como protestante. Nos gobiernen para entonces el Sr. Maura ó el Sr. Canalejas, creemos que, honras fúnebres más ó menos, con sermón del Padre Calpena ó del obispo de Sión ó del Padre Maestre ó del doctor Zacarías, lo demás todo será como esté proyectado, sin que haya un Sr. Rodríguez Sampedro que procure escatimar gasto alguno.

Desde luego ha de procurarse que el festejo sea de todos y para todos. Bien están los actos académicos, las ceremonias oficiales; pero sol, aire y plaza pública, sobre todo. Cabalgatas espléndidas, en que tomen parte nobleza, Ejército, artistas, sin temor al pícaro ridículo del disfraz ni de la exhibición. Representaciones callejeras de algunos entremeses de Cervantes, representación entre las frondas de la Moncloa ó de Aranjuez de alguna comedia de Shakespeare: El sueño de una noche de verano ó Como gustéis. ¡Tanto puede hacerse con buen gusto y con arte! Debe pensarse que, cuanto mejor sea todo ello, será más productivo. En estas cosas la tacañería es lo más ruinoso. ¡A fantasear, poetas! Y sea la primera fantasía ver cómo se saca el dinero á los que lo tienen. No os detengáis ante ningún ditirambo adulador. Cervantes y Shakespeare eran los que eran y, ¡ay!, también adularon á los poderosos.