Luego diremos que aquí no hay libertades y que el clericalismo nos domina. En Inglaterra, la nación traída siempre á cuento, cuando de libertades se trata, no pudo representarse, hasta ahora, la ópera de Saint-Saens Sansón y Dalila porque su asunto bíblico escandalizaba los sentimientos religiosos. Sobre la Salomé, de Strauss y de Wilde, creo que todavía pesa la prohibición. Los ingleses sólo han consentido en ver la danza de Salomé separada del texto y de la partitura. ¡Parecen tontos! ¿Verdad?
Aquí, donde nos quejamos á todas horas de la presión clerical, triunfa La corte de Faraón, opereta del todo bíblica, sin protestas de nadie. Yo he visto en primera fila á muchos graves señores de los que suelen ser ornato de cofradías y procesiones. En Inglaterra se enseña ahora á los niños la Historia por medio de representaciones teatrales. ¿Por qué no ha de enseñarse la Biblia por el mismo sistema? No hay en La corte de Faraón mayores atrevimientos que en el Sagrado libro. Los autores han estado muy hábiles en quitar crudezas. A las artistas nadie les agradecería que ocultaran las suyas. ¡Admiremos al Señor en sus obras! No será tan difícil hallar un sentido místico á la canción babilónica, que pronto oiremos en labios de muchos senadores; como al Cantar de los cantares y á otros pasajes no menos escabrosos.
Lo malo es que la Iglesia católica haya perdido aquel buen humor y aquel sentido artístico que fueron todo el espíritu del Renacimiento. ¡Ah, el bribón de Lutero, que la obligó á volver á tomar en serio su divino papel, que ya empezaba á ser humano!
Ahora llueven imprecaciones y anatemas sobre el Arte y sobre los artistas. Los tiempos son difíciles. La competencia comercial es muy dura. No hay bastante público para todos. ¡Y el Teatro y la Iglesia son espectáculos tan caros! Por fuerza tienen que perjudicarse mutuamente.
Pérez Galdós, el maestro glorioso, consagrado por el monumento inmortal de toda su obra, y Ricardo León, escritor joven, con razón estimado entre los buenos, coinciden, no en lo exterior, sí en lo interno, en sus dos últimas novelas: El caballero encantado y Alcalá de los Zegríes. Novelas de símbolo, de alegorías, que nos hablan de España, de sus glorias pasadas y de su futura gloria posible. Quizás ¡señales de los tiempos! con mayor fe en la del viejo maestro que en la del poeta joven.
Son los dos libros precioso documento para el estudio de nuestra psicología nacional.
Limítome al acuse de recibo y á mi particular aplauso, sin invadir la sección «Revista literaria», en la que escritor de toda mi consideración y respeto sabe, con admirable acierto y con respeto á las personas, que cada vez va siendo más raro, distribuir elogios y censuras.