Leandro. ¡Doña Sirena! ¿Vos en mi casa?

Sirena. Ya veis a lo que me expongo. A tantas lenguas maldicientes. ¡Yo en casa de un caballero, joven, apuesto!...

Crispín. Mi señor sabría hacer callar a los maldicientes si alguno se atreviera a poner sospecha en vuestra fama.

Sirena. ¿Tu señor? No me fío. ¡Los hombres son tan jactanciosos! Pero en nada reparo por serviros. ¿Qué me decís, señor, que anoche quisieron daros muerte? No se habla de otra cosa... ¡Y Silvia! ¡Pobre niña! ¡Cuánto os ama! ¡Quisiera saber qué hicisteis para enamorarla de ese modo!

Crispín. Mi señor sabe que todo lo debe a vuestra amistad.

Sirena. No diré yo que no me deba mucho..., que siempre hablé de él como yo no debía, sin conocerle lo bastante... A mucho me atreví por amor vuestro. Si ahora faltarais a vuestras promesas...

Crispín. ¿Dudáis de mi señor? ¿No tenéis cédula firmada de su mano?...

Sirena. ¡Buena mano y buen nombre! ¿Pensáis que todos no nos conocemos? Yo sé confiar y sé que el señor Leandro cumplirá como debe. Pero si vierais que hoy es un día aciago para mí, y por lograr hoy una mitad de lo que se me ha ofrecido perdería gustosa la otra mitad...

Crispín. ¿Hoy decís?

Sirena. ¡Día de tribulaciones! Para que nada falte, veinte años hace hoy también que perdí a mi segundo marido, que fue el primero, el único amor de mi vida.