Luisa. Muchas gracias, pero sigues equivocado; estaba enamoradilla[6.7] de él, y él de mí, no se diga;[6.8] ¡y si vieras cuando un hombre se enamora de verdad, qué difícil es distinguir a un majadero de un hombre de talento!...

Pepe. No es verdad; un tonto no puede querer como una persona de talento, ni se le puede querer lo mismo.

Luisa. ¿Por qué no? Mira, a las mujeres lo que nos halaga es que por nuestro cariño se transformen los hombres en otros. El cariño es siempre revolucionario, y para el caso lo mismo da que diga la gente: «Fulanito,[7.1] que era tan simple, cómo se va avispando[7.2] desde que usted le quiere.» O que diga: «Menganito, un hombre de tanto talento, ¡qué tonterías[7.3] hace desde que se ha enamorado de usted!» Por eso yo no me casaría con un santo... ¿Qué iba yo a cambiar[7.4] en un santo? Pero un hombre, así... algo extraviado... que se dejara convertir poco a poco. ¡Qué bonito! Querer a un hombre, casarse con él y, al poco tiempo, que aquel hombre sea otro hombre...

Pepe. Un marido de gran espectáculo, con mutaciones.[7.5]

Luisa. Ahí tienes lo que me parece imposible contigo: porque tú no eres bueno ni malo, no tienes grandes defectos ni grandes virtudes. ¿Estoy equivocada?

Pepe. ¡Quién sabe, quién sabe!

Luisa. No; me parece[7.6] que contigo no hay sorpresas...

Pepe. ¡Quién sabe, quién sabe!

Luisa. ¿De veras? ¿No eres lo que pareces?

Pepe. ¡Quién sabe, quién sabe!