Luisa. ¿Ya? No dirás tú como papá, que me estoy pasando...
Pepe. ¡Qué disparate!
Luisa. No; es que como me pusieron de largo muy pronto, porque di un estirón a los catorce años, la gente cree que tengo más edad. Pero tú sabes...
Pepe. ¡Ay, si lo sé![6.1] Soy un viejo comparado contigo.
Luisa. Viejo, no; pero no estás para[6.2] perder el tiempo. Nuestros padres tienen razón; debemos casarnos; pero cada uno por su lado. ¿No te parece? No es que yo sea romántica (en toda mi vida habré leído dos novelas), ni que yo sueñe con ideales, ni con príncipes encantados; pero estas bodas, arregladas en familia, me parecen bodas de interés, de conveniencia... Un poco de poesía nunca está de más... Sobre todo, que[6.3] nosotros[6.4] se puede decir que no nos conocemos. ¿Qué sabes tú de mí? ¿Qué sé yo de ti? Ni me ha importado nunca saberlo. ¿Sabes siquiera si yo he tenido algún novio?
Pepe. No, que yo sepa, y hemos ido juntos alguna vez a bailes y hemos pasado juntos todo un verano.
Luisa. Pues entonces tenía yo novio, ya ves, y ni siquiera te enteraste; eso prueba lo que te importaba.
Pepe. ¡Ah, sí, aquel majadero!... ¿Cómo había de importarme?[6.5]
Luisa. Pues si me hubieras querido como pariente siquiera, debía haberte importado que yo tuviera relaciones con un majadero.
Pepe. Estaba seguro de que[6.6] tienes demasiado talento para conocerlo y no casarte con él...