Luisa. Sí. Se han encerrado en el despacho. Y era urgente, preciso, que nosotros nos viéramos antes a solas, con toda libertad, para ponernos de acuerdo... Nuestros padres deciden allí; pretenden decidir de nuestro porvenir, disponer de nuestro corazón[4.3]... Ya estás enterado; quieren casarnos.

Pepe. Sí; papá siempre me estaba diciendo: «Las bodas deben hacerse en familia; hay más probabilidades de acertar... En nuestra familia hay excelentes muchachas; debes fijarte en una de tus primas.» Pero la verdad, como sois veintitantas en la familia... era imposible fijarse...

Luisa. Papá estaba siempre con la misma canción; pero como el único primo casadero de la familia eres tú, cuando papá me decía: «Debes casarte con uno de tus primos», ya sabía yo que el primo eras tú. Comprende que hay mucha diferencia de[4.4] poder escoger entre veintitantas a[4.4] no tener dónde escoger... Pero aparte de eso, la idea de nuestros padres es ridícula. ¿Por qué nos hemos de[4.5] casar nosotros? ¿Me quieres tú a mí? ¿Te quiero yo a ti? Es decir, nos queremos... así, como buenos parientes... y eso es lo malo; mejor sería que no nos quisiéramos nada; yo creo que me sería más fácil quererte mucho de pronto no habiéndote querido nunca nada... Pero pensar ahora: «¡Ea!, voy a quererle más, debo quererle más.» ¿Por qué voy a quererte hoy más de lo que te quería ayer? Y, francamente, queriéndote hoy como te quería ayer, es un disparate que piensen que nos casemos mañana.

Pepe. Sí, es expuesto.

Luisa. Y vamos a ver, ¿qué te ha dicho tu padre? Supongo que antes de decidirse a hablar con el mío seriamente te habrá dicho[5.1] algo.

Pepe. Me ha dicho lo que me dice siempre que se enfada conmigo, cuando le pido dinero, cuando paga mis cuentas: «Ya es hora de que[5.2] acaben las locuras.» Papá llama locuras a las cuentas de 500 pesetas para arriba... Ya ves, ésas son locuras del sastre, del camisero... «Es preciso que pienses en casarte...»

Luisa. Eso es; cuando el señorito da guerra en casa...

Pepe. Y tu padre, ¿cuándo piensa casarte a ti?

Luisa. ¡Ay! Siempre que nos toca el turno del Real[5.3] y le obligo a dejar su partida de tresillo. Lo que es[5.4] las noches de tercer turno,[5.5] no le importaría[5.6] verme casada con cualquiera. Y en papá se comprende ese afán... Viudo, con sus ocupaciones... Yo no puedo soportar a las ayas, ni a las señoras de compañía; así es que vivo sacrificada, porque papá sólo se presta a acompañarme al teatro Real; eso sí, las noches que cantan La Walkyria ¡me da una lástima!

Pepe. Sí, tú, la verdad, sola con tu padre desde muy niña,[5.7] ya debías haberte casado...