Manuel. No tengo que decirte nada. Y, sobre todo, no vuelvas a mentar a tu tío. ¡Ha muerto para mí!

Luisa. Entonces... mi primo Pepe...

Manuel. Ha muerto también.

Luisa. Te advierto que hoy es turno tercero.

Manuel. ¿Y qué?

Luisa. Nada; que con tanto luto en la familia no me parece bien que vayamos al teatro.

Manuel. ¡Turno tercero! ¡Turno tercero! ¡No me importa! Desde hoy te acompañaré todas las noches al teatro, te divertirás, nos divertiremos. No estés triste, hija mía. ¿Se[15.1] creerá tu tío que no hay más hombre que tu primo?

Luisa. Pero es que...

Manuel. ¡Y por cuestión de intereses! ¡Qué falta de decoro! Cuando yo, haciendo un sacrificio y por tratarse de ellos, te dotaba con mis dos mejores fincas y algo de papel y unos créditos que pueden cobrarse, ¿con qué dirás que se descuelga tu tío? Con que él no se desprende de nada, que os pasará un tanto, pero nada más. Conozco yo los tantos de tu tío: os lo pasaría un mes, ¡viejo avariento!, y después os dejaría morir de hambre. Porque yo os doy lo suficiente para la casa, y el coche, y los viajes de veraneo; pero si él no os da nada no tendréis qué comer. ¿Y cómo vais a vivir sin comer?

Luisa. Es verdad; sin comer y con coche... ¿De modo que habéis regañado?